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El sueño de Pablo

Escrito por
Cuidadores familiares | Juan Luís Rodríguez | Marín y Pilar

Pablo Marin Rodríguez Paino nació con discapacidad intelectual. Fue el primer golpe de realidad que sus padres, Marín y Pilar, tuvieron que afrontar: aprender, desde el primer día, a rehacer los planes que habían imaginado para la vida de su hijo. Lo hicieron con trabajo, constancia y mucho cariño, y durante años lo consiguieron. Pablo creció con una vida normalizada, plenamente integrado en su pueblo, con sus rutinas, sus vecinos y sus pequeñas costumbres cotidianas.

En enero de 2017 llegó el segundo golpe, mucho más duro que el primero. A Pablo, ya adulto, se le diagnosticó una enfermedad cerebral progresiva que en poco tiempo transformó por completo su realidad: perdió capacidades que ya daba por adquiridas, se volvió mucho más dependiente y sus necesidades de apoyo se multiplicaron de la noche a la mañana. Marín y Pilar tuvieron que empezar de cero. Literalmente: le ayudaron a volver a andar, a volver a hablar, a recuperar paso a paso lo que la enfermedad le había arrebatado.

Desde entonces, el cuidado de Pablo ocupa el centro de la vida familiar. Marín y Pilar se encargan a diario del apoyo y la supervisión de las actividades básicas de la vida diaria —higiene, alimentación, movilidad— y, a la vez, destinan buena parte de sus recursos y de su tiempo a que Pablo mantenga y recupere capacidades: fisioterapia, logopedia, estimulación cognitiva y terapia ocupacional ocupan nueve horas semanales de un plan de apoyos que ellos mismos sostienen y coordinan. No es un cuidado que se limite a lo asistencial: es un proyecto de recuperación constante, sostenido semana tras semana, año tras año.

Lo más difícil no ha sido solo la enfermedad en sí, sino la edad. Marín y Pilar son ya personas mayores, y afrontar de nuevo —a una edad en la que muchos padres empiezan a necesitar ellos mismos apoyos— la reconstrucción casi completa de la autonomía de un hijo adulto es un ejercicio de entrega que pocas veces se reconoce. Y, sin embargo, siguen ahí, cada día, sin haber bajado nunca los brazos.

El resultado de ese esfuerzo sostenido es, hoy, la mejor prueba de su valor: Pablo ha recuperado una vida normalizada, con apoyos especializados diarios que le permiten volver a disfrutar de su pueblo, de su gente y de su rutina, como antes de enero de 2017. La enfermedad no ha desaparecido, pero Marín y Pilar han construido, con paciencia y amor, un entorno en el que su hijo puede volver a vivir con dignidad y con la mayor autonomía posible, pese a todo.

La historia de Marín y Pilar es la de dos golpes de realidad afrontados con la misma determinación: primero la discapacidad con la que Pablo nació, después la enfermedad que estuvo a punto de arrebatárselo todo de nuevo. Es la historia de un “empezar de cero” repetido dos veces, y de una familia que, en ambas ocasiones, decidió que no había otra opción que seguir adelante. Por eso esta candidatura no busca solo reconocer un cuidado ejemplar: busca dignificar la figura de los cuidadores familiares que, como Marín y Pilar, sostienen en silencio, año tras año, la vida de quienes más quieren.

Esta historia queda también recogida en el vídeo «El sueño de Pablo», producido por el Grupo Social Aspanias Burgos, que se adjunta como material complementario a esta candidatura y que permite al jurado y al público conocer de primera mano el día a día de esta familia.

 

La historia de Marín y Pilar reúne, en su día a día, cada uno de los valores que este premio quiere reconocer. Su entrega se mide en horas: en la supervisión diaria de las actividades más básicas de la vida de Pablo y en las nueve horas semanales de terapias que ellos mismos organizan y sostienen desde 2017. Su humanidad se refleja en cómo han afrontado ambos golpes de realidad —la discapacidad de nacimiento y la enfermedad sobrevenida— sin perder nunca de vista que, antes que un paciente al que cuidar, Pablo es su hijo, con derecho a una vida plena y normalizada.

Su constancia se cuenta en años, no en momentos puntuales: casi una década sosteniendo, semana tras semana, el mismo nivel de compromiso, incluso cuando la edad empieza a jugar en su contra. Su capacidad de superación y su capacidad de adaptación quedaron demostradas cuando, tras la enfermedad de 2017, tuvieron que enseñar de nuevo a Pablo a andar y a hablar, reconstruyendo desde cero un proyecto de vida que creían ya consolidado. Y todo ello lo han hecho por amor y por compromiso, sin esperar reconocimiento, dedicando sus propios recursos y renunciando a parte de su tiempo y de su descanso para que su hijo pudiera volver a disfrutar de su pueblo y de su gente.

Por último, la historia de Marín y Pilar dignifica el cuidado familiar precisamente porque demuestra lo que la mayoría de los cuidadores familiares viven en silencio: que cuidar no es un acto puntual de heroísmo, sino una decisión que se renueva cada día, durante años, sin condiciones ni plazos. Reconocer su historia es reconocer la de miles de familias que, como la suya, sostienen en casa lo que a menudo el sistema no alcanza a cubrir.