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Las manos silenciadas

Escrito por
Noemi Montesinos | Cuidadora profesional

En los hogares, en las salas de espera, acompañando a los pacientes, siempre las veo a ellas. Siempre las veo a ellas.

Las nombro en femenino porque la historia del cuidado tiene nombre de mujer. Ignorar el peso que ha descansado durante generaciones sobre sus manos no sería justo. Mirar hacia otro lado sería pactar con el olvido, participar, una vez más, en borrar la memoria de quienes han sostenido la vida sin que casi nadie las nombrara.

A veces ni ellas mismas lo saben. Se llaman hijas, esposas, hermanas o nueras, pero nunca cuidadoras. Dicen: «Es lo que me toca», «yo me apaño», «mientras pueda». Lo dicen como si levantarse varias veces cada noche, preparar la medicación, asear, alimentar, acompañar a las consultas y vivir siempre pendiente de una llamada no fuera cuidar. Nombrarlas es el primer paso para que se vean y para que el mundo las vea.

He estado en sus casas. Casas donde el café se sirve primero para los demás y termina enfriándose en una esquina. Donde todo está preparado para cuando toquemos a la puerta: los informes, las recetas, la cama recién hecha, el paciente aseado. Ellas también se preparan. Se recogen el pelo, esconden el cansancio y responden que están bien antes incluso de que se lo preguntemos.

Cuando llegamos los profesionales, muchas se apartan. Se quedan junto a la puerta o al pie de la cama, como si fueran una visita más, cuando son ellas quienes saben cómo ha dormido, qué le duele, cuándo dejó de comer o qué gesto anuncia que algo no va bien. Son quienes sostienen de verdad el cuidado diario y, sin embargo, hablan bajito, piden permiso y dan las gracias por casi todo.

Mi trabajo comienza muchas veces apartando por un momento la mirada de la persona enferma y preguntando:

—¿Y tú cómo estás?

Parece una pregunta sencilla, pero a veces nadie se la ha hecho en meses. Algunas contestan deprisa. Otras bajan la mirada. Y algunas lloran antes de poder decir una palabra. Entonces procuro no llenar el silencio. Me siento cerca y espero. Hay cansancios que necesitan tiempo para encontrar una voz.

Sueñan con dar cuidados de calidad, pero la vida las atrapa en un dar constante, un dar sin medida y, muchas veces, sin la parte feliz de cuidar. Aun así, ponen amor, o lo intentan. No siempre pueden. También hay enfado, culpa, miedo, agotamiento y ganas de salir por la puerta sin mirar atrás. Decirlo no las convierte en malas cuidadoras. Las convierte en personas.

En los talleres colocamos las sillas en círculo. Al principio llegan con el bolso sobre las piernas y la sensación de que deberían estar en casa. Poco a poco hablan. Comparten noches sin dormir, discusiones, dolor de espalda, soledad y esa culpa que aparece cada vez que desean una hora para ellas. También se ríen. Se prestan teléfonos, se preguntan unas por otras y descubren que lo que les ocurre no es un fracaso personal.

He conocido también a mujeres golpeadas por la vida y por los hombres. Mujeres que, años después, cuidan al maltratador convertido en paciente, al verdugo transformado en dependiente. No siempre se marchan. A veces no pueden; otras no saben cómo. Pesan la educación recibida, la falta de dinero, la culpa, los hijos y una vida entera aprendiendo que una mujer buena no abandona a nadie. En esos hogares el cuidado se ennegrece y se vuelve abismo.

 

Cuidar así es una herida abierta.

No me corresponde juzgarlas ni decidir por ellas. Me corresponde verlas, valorar el riesgo, ofrecer alternativas, coordinar apoyos y recordarles que su vida también importa. Acompañarlas en aquello que decidan, incluso cuando su decisión no coincida con la que otros tomaríamos. Cuidar a quien cuida también es respetar sus tiempos.

A veces los cambios parecen pequeños. Una mujer reconoce por primera vez que está cansada. Otra acepta que su hermana se quede una tarde con su madre. Una vuelve a caminar media hora. Otra aprende a pedir ayuda antes de llegar al límite. En el círculo, esas pequeñas conquistas se celebran porque todas saben lo que cuestan.

Algunas me buscan después y me dan las gracias. Durante mucho tiempo pensé que agradecían las gestiones, una llamada, una derivación o una explicación. Ahora sé que muchas agradecen algo más sencillo: haber sido vistas.

Por eso seguiré nombrándolas. Seguiré hablando de ellas en los talleres, en los centros de salud, en los foros y en cualquier espacio donde se me permita decir su nombre. Hablaré de las que cuidan por amor y de las que cuidan porque nunca pudieron elegir. De las que necesitan apoyo para continuar y de las que necesitan permiso para dejar de hacerlo.

Porque cuidar a las que cuidan es necesario, es urgente y es posible.

Como enfermera, seguiré acercándome a ellas, preguntando, escuchando y dando un lugar a su dignidad. Hasta que la invisibilidad se vea. Hasta que la historia del cuidado no pueda escribirse sin sus nombres.

Hasta que podamos romper, por fin, el silencio de sus manos.