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El país del olvido

Escrito por
Santiago Martínez | Cuidador familiar

Había una vez un país donde el olvido comenzó a instalarse sin hacer ruido, como una niebla fina que nadie ve llegar. No hubo advertencias ni señales en el cielo. Simplemente, un día, algunos de sus ciudadanos empezaron a extraviar pequeñas cosas: unas llaves, un nombre, una fecha importante.

Al principio parecía algo sin importancia. Reían cuando no recordaban dónde habían dejado el abrigo o qué iban a decir a mitad de una frase. Pero el olvido, silencioso y paciente, fue creciendo.

Pronto ya no olvidaban objetos, sino caminos. Algunos salían de sus casas y no sabían cómo regresar. Otros miraban rostros conocidos con una leve sombra de duda en los ojos, como si contemplaran un retrato mal iluminado. Las calles, que antes eran familiares, comenzaron a parecerles laberintos.

Y poco a poco, empezaron a retirarse hacia un lugar que solo ellos podían ver. Era un mundo distinto.

Un mundo donde el tiempo no avanzaba en línea recta, sino que daba vueltas caprichosas. Allí podían ser niños por la mañana y adultos al anochecer. Allí las voces del pasado sonaban más fuertes que las del presente. Allí los recuerdos no seguían ningún orden, pero tenían un sentido propio.

Los que aún permanecíamos en este lado intentábamos traerlos de vuelta. Les hablábamos despacio, les mostrábamos fotografías, repetíamos fechas, nombres, historias compartidas. Les decíamos que ese no era el mundo real. Que aquí estaba su hogar.

Pero muchas veces ellos nos miraban con una serenidad extraña, como si fuéramos nosotros los equivocados.

En su mundo no había prisas. No había relojes. No había obligaciones. Las preocupaciones se desdibujaban y las reglas dejaban de importar. La ropa podía estar mal abotonada, las palabras podían quedarse a medias, las normas podían romperse sin consecuencia.

Y aunque desde fuera parecía confusión, desde dentro tal vez era una forma de protegerse.

 

Con el tiempo comprendimos algo importante: no era que nos olvidaran del todo. En algún lugar profundo seguían reconociendo algo esencial: una voz amable, una mano que se ofrece, una mirada que no juzga.

Comprendimos que, aunque los recuerdos se pierdan, las emociones permanecen. Entonces dejamos de discutir.

Aprendimos a visitarlos en lugar de arrastrarlos. A entrar con cuidado en sus recuerdos. A escuchar historias repetidas como si fueran nuevas. A responder con paciencia, con una sonrisa, con un gesto sencillo que dijera: estoy contigo.

Porque, cuando la memoria se deshace, lo que más permanece es cómo alguien te hace sentir.

 

Y así, en aquel país, el olvido dejó de ser un enemigo para convertirse en un territorio desconocido que había que recorrer con ternura. 

Porque a veces, cuando alguien se pierde, no necesita que lo empujen. Necesita que alguien tenga el valor, la paciencia y el amor suficientes para caminar a su lado. Porque cuando la memoria desaparece, lo que queda es lo más importante: alguien que te mire con ternura y te recuerde que sigues siendo amada.