Escrito por
Lara Barrero | Cuidadora profesional

Hay un número que llevo tatuado en la piel: 24. Representa el 24 de mayo, Día Nacional de la Epilepsia, y junto a él llevo un dibujo que simboliza a Ápice, la asociación de discapacidad y epilepsia en la que soy voluntaria desde 2015. Ese tatuaje no es un adorno; es un recordatorio permanente de por qué elegí dedicar mi vida al cuidado de los demás.
Mi vocación comenzó mucho antes de conocer Ápice. Empezó viendo a mi madre cuidar de mi abuela cuando desarrolló demencia y quedó encamada. Mientras trabajaba, sacaba adelante a su familia y mantenía una casa, también decidió estar a su lado cuando otros familiares no quisieron hacerlo. Aquello me enseñó que cuidar no consiste solo en atender necesidades básicas: significa ofrecer dignidad, paciencia, compañía y cariño incluso en los momentos más difíciles.
En 2015 llegué a Ápice gracias a un curso de voluntariado del instituto. Desde entonces he participado en campamentos de verano e invierno, actividades en la sede y salidas de ocio con personas con discapacidad y epilepsia. Llegué pensando que iba a ayudar y terminé aprendiendo muchísimo. He conocido personas capaces de alegrarte el día con una sonrisa, de notar que estás triste sin que digas una palabra y de regalarte un abrazo que parece decir simplemente: “Estoy aquí”. Con ellos entendí que muchas veces las personas a las que acompañamos también nos cuidan a nosotros.
En 2016 convertí esa vocación en mi profesión. Desde entonces he trabajado con personas mayores y personas con discapacidad, como gerocultora en distintas residencias y, durante los últimos tres años y medio, como auxiliar de ayuda a domicilio. Cada etapa me ha mostrado una realidad diferente, pero todas tienen algo en común: detrás de cada diagnóstico, cada dependencia y cada servicio hay una persona con una historia, unos gustos, sentimientos y una vida que merece ser escuchada.
Por eso intento que mi trabajo vaya más allá de realizar correctamente una ducha, preparar una comida o mantener una casa. Me gusta sentarme a hablar, preguntar por sus recuerdos, conocer qué música les gusta y ponérsela mientras les ayudo, escuchar sus preocupaciones y acompañar también los silencios.
Una ducha puede ser simplemente una tarea, pero también puede convertirse en un rato de música, conversación y risas que haga que alguien empiece el día de otra manera. Esos pequeños gestos quizá no aparezcan en un protocolo, pero para mí también son cuidar.
Una de las partes más duras de mi profesión es la soledad de muchas personas mayores. He conocido personas extraordinarias que un día cuidaron de sus familias y que hoy pasan demasiadas horas solas.
Cuando estoy con ellas pienso que algún día podrían ser mis abuelos, mis padres o incluso yo. Esa reflexión guía mi forma de trabajar: intento cuidar a cada persona como me gustaría que cuidaran a los míos y como me gustaría que algún día me cuidaran a mí.
También me duele que las personas con discapacidad sigan encontrando barreras para disfrutar con normalidad de algo tan sencillo como una salida, un viaje o una actividad de ocio. Para mí no son únicamente sus limitaciones las que las definen. Me gusta hablar de supercapacidades, porque durante estos años he conocido en muchas de ellas una sensibilidad y una capacidad para percibir y acompañar a los demás que nosotros muchas veces pasamos por alto.
Por eso el 24 tiene para mí un significado tan especial. Da visibilidad a la epilepsia, pero también me recuerda a todas las personas que me han enseñado a mirar más allá de una enfermedad, una discapacidad, una edad o una dependencia. Cuando tengo un mal día, verlo me hace recordar sus sonrisas, sus abrazos y todo lo que me han enseñado sobre la vida.
Después de más de diez años entre voluntariado y profesión, tengo claro que cuidar no es hacer por alguien, sino estar con alguien. Es mirar primero a la persona. Es escucharla, respetarla, preservar su dignidad y conseguir, siempre que esté en mi mano, que hoy sea un poquito mejor que ayer.
Mi madre me enseñó el valor del cuidado sin necesidad de explicármelo. Ápice dio sentido a mi vocación. Y cada persona a la que he acompañado desde 2016 me recuerda por qué elegí este camino y por qué el 24 permanecerá siempre conmigo.