Escrito por
Isa Vidal | Cuidadora profesional
Hay lugares que forman parte de tu vida antes de saber cuánto llegarán a significar.
Desde niña conocí a «las niñas de la Torre», como llamábamos entonces a las mujeres con discapacidad intelectual que vivían en el centro situado allí, hoy EVD Galicia. Tendría cuatro o cinco años cuando Rosario, una de ellas, subía desde la lavandería con un trozo de pan. Me miró, sonrió y me preguntó:
—Isabelita, ¿quieres?
Partió un trozo y me lo dio. Han pasado más de cuarenta años y todavía recuerdo aquel gesto.
Mucho después dejé allí mi currículum. En la entrevista, Levi, el director, me explicó cómo funcionaba el centro y lo que querían seguir haciendo por las mujeres que vivían allí. Me dijo una frase que se me quedó grabada: «Hay que avanzar».
No hablaba solo de tareas. Hablaba de evolucionar en la manera de cuidar, de no quedarse anclados en modelos de hace décadas y de crear oportunidades para que ellas también avanzaran. Aquellas palabras me impactaron. Levi me abrió las puertas como profesional y, en estos siete años, he comprendido su significado.
Mi trabajo tiene tareas concretas: asear, vestir, ayudar a comer, acompañar, observar, registrar. Pero he aprendido que hacerlas bien no basta si dejamos de ver a la persona.
Conocerlas cambia la manera de cuidar. Una mirada, una forma diferente de caminar, un silencio o un gesto pueden avisarme de que algo no va bien. Otras veces cuidar es saber cuándo acercarse y cuándo dejar espacio, escuchar algo que quizá para nosotros no tenga sentido, pero para ellas sí, o sentarse al lado sin decir nada.
Son muchas las mujeres a las que acompaño. No puedo nombrarlas a todas, pero cada una me ha enseñado algo sobre cuidar.
Rosario tiene sus tiempos. Estando yo de baja fui a visitarla. No se encontraba bien y no quería salir. Hablamos, sin prisas, y finalmente decidió hacerlo. Pasamos una tarde fuera; eligió una planta y un bizcocho para compartir con sus compañeras y volvió feliz. Lo importante no fue conseguir que saliera. Fue escucharla, respetar su negativa y acompañarla cuando decidió que sí.
Mercedes sueña con Asturias, con Loli y con viajar en tren. Cuando se altera, muchas veces ayuda más ponerme a su altura y hablarle bajito que intentar convencerla. Un día llevé unas gafas de realidad virtual y para ella escogí un viaje en tren. Su expresión me recordó que cuidar también es conocer sus deseos y buscar maneras de acercarla a ellos.
Carmen Pérez ha creado auténticas maravillas con hilos y telas. Ahora empieza a olvidar, repite preguntas y a veces se desorienta. Cuidarla es adaptarnos a lo que necesita hoy sin permitir que lo que va perdiendo borre todo lo que sigue siendo.
Y está Leonor. Tenía muchísimo carácter y una sonrisa pícara que todavía puedo ver. A veces mordía y después se arrepentía, lloraba y te llenaba de besos. Con ella aprendí que una conducta difícil no es toda una persona. Antes de quedarnos con lo que hace, hay que intentar comprender qué necesita, qué siente o qué no sabe expresar. Leonor ya no está, pero cuando pienso en ella sigo viendo aquella sonrisa pícara y no puedo evitar sonreír.
También he acompañado despedidas. Rosana se fue con su muñequita debajo del brazo y mi mano agarrada a la suya. Dolores R. también se fue acompañada. Hay momentos en los que ya no podemos solucionar nada. Podemos quedarnos. Y estar también es cuidar.
Después de mi accidente necesité ayuda para levantarme o beber agua. Entonces comprendí la dependencia desde otro lugar. Y ocurrió algo que ellas probablemente no saben: durante una etapa difícil, volver al centro me daba paz. Iba pensando que las acompañaba y muchas veces salía sintiendo que habían sido ellas quienes me habían cuidado a mí.
Hoy entiendo todavía mejor aquel «Hay que avanzar». También quienes cuidamos tenemos que hacerlo: avanzar en nuestra forma de acompañar, escuchar y mirar. Yo crecí oyendo «las niñas de la Torre». Hoy sé que aquella manera de nombrarlas se quedó pequeña. Son mujeres adultas, con derechos, deseos, carácter, capacidades, decisiones y una historia propia.
Ser cuidadora profesional me ha enseñado que cuidar no es hacer todo por alguien. Es prestar los apoyos que necesita sin quitarle su lugar, su voz ni su capacidad de decidir. Es proteger sin anular, ayudar sin imponer y estar presente sin dejar de ver a la persona.
Levi me abrió las puertas para trabajar con ellas. Ellas me enseñaron a mirar.
