Escrito por
Cris Velluters | Cuidadora profesional
Nunca olvidaré el día que le dieron su credencial de peregrino.
Desde el CRIS desarrollamos un proyecto en torno al Camino de Santiago. Durante meses lo preparamos juntos y, cuando llega el momento, usuarios y profesionales emprendemos un viaje que va mucho más allá de caminar.
No fue en Galicia. Fue en Valencia, unos días antes de salir. Entramos en la Asociación Amigos del Camino y me senté a su lado para rellenar su ficha. Después, un voluntario le entregó la credencial.
—¡Ya eres peregrino!
La cogió con las dos manos. La abrió, la cerró y la olió. Todos rieron.
—¿A qué huele, Ismi?
No supo responder.
Sentí que era el primer papel que recibía con ilusión después de su permiso de residencia. Durante muchos años los papeles solo habían significado miedo: miedo a que le pidieran uno que no tenía, miedo a una orden de expulsión, miedo a volver. Aquella credencial no demostraba quién era. Solo decía que iba a caminar.
Cuando llegamos a Sarria estaba más nervioso que cansado. Miraba las mochilas, las botas de los demás peregrinos y repetía:
—Esto es un viaje que nunca imaginé en mi vida.
Y era verdad.
La primera vez que hizo un viaje así fue para salir de Ghana siendo un niño. Caminó durante meses, cruzó fronteras, durmió donde pudo y aprendió a tener hambre sin quejarse. Entonces caminaba para escapar.
Ahora caminaba porque alguien había pensado que él también merecía vivir una experiencia así.
Los primeros kilómetros apenas hablaba. Solo quería mirar y oler el Camino. Habían pasado demasiados años sin detenerse.
Al segundo día ya hablaba con todo el mundo. Le daba igual el idioma. Saludaba, sonreía y siempre encontraba la manera de entenderse. Una mujer coreana quiso hacerse una foto con él, un brasileño lo abrazó al despedirse y una señora cubana lo buscaba cada tarde para preguntarle cómo había ido la etapa.
Los profesionales nos reíamos.
—¿Dónde está Ismi?
Nunca estaba lejos. Solo había encontrado a otra persona con la que compartir el Camino.
Él también se sorprendía. Hubo un tiempo en que evitaba mirar a la gente. Las voces, el miedo y todo lo que llevaba dentro le hacían esconderse incluso cuando ya no era necesario. En aquellos días descubrió algo sencillo: cuando alguien te sonríe sin conocerte, también puede hacerte sentir que perteneces.
En una etapa nos cruzamos con miembros de distintos cuerpos de seguridad que acompañaban a los peregrinos. Uno de ellos le tendió la mano. Él se la estrechó sin pensarlo y se quedó allí parado, sonriendo.
Había sido otra primera vez.
Recordé cuando cambiaba de acera al ver un uniforme o bajaba la cabeza porque cualquier pregunta podía terminar con todo. Aquel día, alguien uniformado solo quería desearle «buen Camino», y él pudo responder.
En Arzúa visitamos un instituto para hablar de salud mental. Él prefirió hablar de las malas compañías. Les contó que nadie empieza queriendo destruir su vida; que muchas veces uno solo busca un lugar donde sentirse querido. Les habló del alcohol, de las drogas, de la esquizofrenia y, sobre todo, de las personas que habían cuidado de él cuando él ya no sabía hacerlo.
Al terminar, un chico se acercó.
—Gracias.
Aquella palabra le acompañó hasta Santiago.
Cada noche pensaba en Ghana, en sus hermanos repartidos por Europa y en su hija. Ambos viven en la misma ciudad, pero siguen lejos el uno del otro. No puede pedirle que olvide, pero espera que algún día vea en sus ojos al hombre que sigue intentando ser.
Cuando entramos en la plaza del Obradoiro apenas reaccionó. Se quedó en silencio, hasta que las personas que habíamos conocido durante el Camino empezaron a abrazarnos. Entonces lloró.
No por haber llegado a Santiago. Lloró porque nunca imaginó que unos desconocidos pudieran alegrarse tanto de vernos llegar.
Entró en la catedral. Levantó la vista hacia el altar y confesó sentir una paz que no sabía explicar.
Miré a sus compañeros, lo miré y, sin decir una palabra, nos fundimos en un abrazo.
Habíamos salido seis usuarios y tres profesionales; volvíamos siendo familia.
Hoy, en su habitación, la credencial del peregrino sigue colgada junto a su permiso de residencia. Una le recuerda el día en que un país le permitió quedarse. La otra, el día en que descubrió que también podía pertenecer.
Cada vez que las mira vuelve a sonreír. Porque hubo un tiempo en que caminaba para esconderse. Ahora camina sabiendo que ya no tiene que hacerlo.
