Escrito por
María Isabel Martínez | Cuidadora familiar
Nunca pensé que la lección más importante de toda mi vida profesional empezaría con un bote de crema hidratante y un brillo de labios.
Frente a mí ya no había un maniquí sobre el que enseñar una higiene en cama. Estaba mi madre.
Mientras extendía la crema sobre sus manos, tan distintas de aquellas que habían sostenido las mías de niña, repetía con una ternura que aún me desarma:
—No quiero darte trabajo, ni molestar.
Yo sonreía para que no adivinara el nudo que llevaba en la garganta.
Cuando terminé, le puse un poco de brillo en los labios, acerqué un espejo y le dije:
—Mira qué guapa estás.
Ella sonrió. Fue una sonrisa breve, aunque suficiente para devolverle, por un instante, a la mujer que siempre había sido. Entonces comprendí que cuidar no consiste únicamente en asear un cuerpo, sino proteger la identidad de alguien cuando la enfermedad amenaza con arrebatársela.
Durante muchos años creí que sabía lo que era cuidar.
Como psicóloga acompañé a personas mayores en el tramo más frágil de sus vidas. Después, como docente, enseñé a futuros profesionales cómo movilizar, asear y atender con dignidad a quienes ya no podían hacerlo por sí mismos. Aquellas prácticas siempre se realizaban sobre un maniquí. Nunca imaginé que un día tendría que repetir cada uno de aquellos movimientos con la mujer que me enseñó a caminar.
Mi madre había sido una mujer fuerte, independiente y llena de vida. Una caída al bajar de un autobús fracturó algunas de sus vértebras. Poco a poco dejó de caminar, mientras su mente permanecía intacta. Ver sufrir a quien amas mientras permanece consciente de cada pérdida es un dolor para el que ninguna formación puede prepararte.
Dejé de un lado mi faceta profesional para centrarme en ser hija. Hoy, como tantas otras personas, soy una cuidadora informal movida por el amor.
Yo trabajaba en una ciudad y ella vivía en otra. Cada llamada comenzaba con la esperanza de que estuviera mejor y terminaba con la culpa de no poder estar a su lado.
Hasta que llegó el día que cambió mi vida.
Después de cinco días de permiso por su hospitalización tuve que volver al trabajo. Recuerdo conducir durante horas sintiendo que cada kilómetro me alejaba de ella y también de mí misma. Nunca un viaje me había pesado tanto. Aquel día comprendí que había decisiones que solo podían tomarse con el corazón.
Pedí una excedencia.
Aquella decisión me regaló el tiempo que ambas necesitábamos, aunque también la incertidumbre de dejar de percibir un salario. Fue precisamente en medio de ese vértigo cuando encontré el valor para cumplir un sueño largamente aplazado: crear un proyecto de formación online que me permitiera seguir enseñando mientras permanecía junto a ella. Descubrí que, incluso en el dolor, todavía podían nacer nuevos caminos.
Como profesional conocía las limitaciones de nuestro sistema de atención. Como hija aprendí lo que significa esperar respuestas que llegan tarde, insistir para que el dolor sea escuchado y sentir que muchas familias sostienen en silencio una carga inmensa.
Sin embargo, el mayor aprendizaje aún estaba por llegar.
Durante años repetí a mis alumnas y alumnos que el autocuidado era imprescindible para cuidar bien. Lo explicaba con convicción. Sin embargo, fue mi madre quien me enseñó su verdadero significado.
Comprendí que salir a caminar unos minutos, respirar profundamente o permitirme descansar no me convertía en peor hija. Me permitía seguir siéndolo al día siguiente.
Porque ninguna persona puede cuidar a otra persona si primero no aprende a cuidarse a sí misma.
Hoy continúo formando a profesionales del cuidado.
Sigo enseñando movilizaciones, higiene, comunicación, prevención y dignidad.
Aunque cada vez que aparece un maniquí delante de mí, ya no veo un material de prácticas. Veo el rostro de mi madre.
Y recuerdo que las técnicas pueden aprenderse en un aula, aunque el verdadero cuidado solo nace cuando el conocimiento se encuentra con el amor.
Desde entonces, cada vez que una alumna o un alumno coloca sus manos sobre un maniquí, sé que algún día, para alguien, ese maniquí también tendrá un rostro.
