Escrito por
Datsa Valdez | Cuidadora familiar
Escribir esta nota ha sido un gran reto para mí. Desde tener que escribirla varias veces por problemas con la computadora hasta decidir qué quería expresar. He vivido tantas situaciones difíciles que han dejado un sabor amargo, pero seré lo más honesta posible.
Soy cristiana evangélica desde los 15 años, cuando entendí lo que verdaderamente significa ser seguidora de Jesucristo: dejar que Él gobierne toda tu vida, tu manera de hablar, tu manera de actuar y todo lo que haces.
Soy la mayor de tres hermanos. Desde muy temprano aprendí lo que significa asumir responsabilidades. Tuve que cuidar de mis hermanos y, de alguna manera, hacerme cargo de varias tareas en el hogar.
Mi madre era maestra y psicóloga, y mi padre se desempeñó en distintos cargos como empleado del sector privado. Hoy, mami padece demencia vascular desde hace ya 12 años. Ya no camina ni habla. En septiembre cumplirá 76 años. Papi, por su parte, tiene artritis reumatoide, complicaciones de la próstata y las piernas hinchadas, lo que le dificulta desplazarse. En agosto cumplirá 90 años.
Soy la única que vive con ellos y me ha correspondido ser su cuidadora principal. Nunca he vivido de manera independiente, no tengo hijos ni me he casado. Aunque deseo lograr muchas cosas con mi vida, he puesto en pausa muchos de mis sueños para asistir y cuidar a mis padres. Las asistentes que nos han ayudado van y vienen, porque trabajar con adultos mayores es muy demandante. Además del cuidado de ellos, hay mucho trabajo que hacer en la casa.
Emocionalmente, he experimentado en dos ocasiones el síndrome del cuidador quemado. He podido salir adelante gracias a la misericordia de Cristo y al apoyo de profesionales de la salud. Cuento con una psicóloga y un psiquiatra cristianos. Por eso puedo ponerme en el lugar de otros cuidadores. También por esa razón creé un grupo de apoyo llamado Cuidadores, tanto en Facebook como en WhatsApp, donde comparto información útil para mejorar el cuidado y experiencias que me han ayudado personalmente.
De las experiencias más duras que he vivido también está la actitud de algunos familiares y de ciertas personas. Muchos me dicen que debo cuidar de mis padres porque ellos lo hicieron por mí cuando era pequeña, como si tuviera una deuda con ellos. Durante mucho tiempo eso me hizo sentir culpable, pero he aprendido que esa forma de pensar no es la verdad. Sentir culpa convierte el cuidado en una carga casi insoportable. Yo no les debo nada. El cuidado debe nacer del amor, no de la obligación.
También existe la idea de que, como soy soltera, es mi deber hacerlo. En nuestra cultura, muchas personas piensan que, por no estar casada o no tener hijos, «no tienes responsabilidades». Esa forma de pensar es muy limitante, porque, aunque quizás uno no tenga las mismas demandas que otras personas, también tiene sueños, proyectos, compromisos y una vida que atender.
Otra realidad que he descubierto es con quiénes realmente puedo contar. En una ocasión le dijeron a Jesús que su madre y sus hermanos lo buscaban, y Él respondió: «Mi madre y mis hermanos son los que hacen la voluntad de Dios». Esa enseñanza ha cobrado mucho sentido para mí. En varias ocasiones he recurrido a familiares para pedir ayuda y simplemente no pueden, no aparecen o no están disponibles. No estoy diciendo que deban estar siempre, pero muchas veces, cuando están, hacen únicamente lo que ellos consideran conveniente. Rara vez me preguntan qué necesito o cómo pueden apoyarme.
Muchas veces he pensado: «Me gustaría que alguien llegara y me dijera: ‘Voy a quedarme unas horas para que puedas dormir, descansar o salir a hacer algunas diligencias'». Pero eso casi nunca sucede. Muy pocas personas me preguntan cómo estoy yo. La mayoría solo pregunta por mis padres.
Sé que todos vivimos ocupados, pero Jesús nos enseñó muchas cosas que necesitamos detenernos a evaluar si realmente decimos ser sus seguidores.
Todo lo que he mencionado no lo escribo desde el rencor ni desde la amargura. No tengo tiempo para vivir de esa manera. Lo comparto porque muchas veces ignoramos la realidad que enfrentan los cuidadores. Olvidamos que también somos seres humanos que necesitamos sentirnos vistos, valorados y cuidados. No hablo únicamente de recibir ayuda económica para los gastos, aunque esa también puede ser necesaria, especialmente porque cuidar de mis padres me impide tener un empleo fuera de casa. Hablo de sentir que alguien también se preocupa por nosotros como personas.
Estas son solo algunas de las situaciones que he vivido personalmente. Gracias por darme la oportunidad de compartirlas.
