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Cuidar a quien un día te cuidó

Escrito por
Juan Manuel Coronado | Cuidador familiar

Hay regalos que caben en una caja. Y hay otros que, aunque puedas sostenerlos entre las manos, pesan mucho más de lo que parece.

El mío es una bufanda de color crema.

La hizo mi abuela con sus propias manos. Antes de regresar a Perú, le pedí que me hiciera una. No sabía entonces que, con cada hilo, estaba dejando entrelazado algo mucho más grande que la lana: estaba dejando una parte de ella conmigo.

Cuando me la pongo, no siento solamente el calor de la bufanda. Siento sus manos, sus horas dedicadas a hacerla y todo lo que una abuela puede decir sin necesidad de pronunciar una sola palabra.

Mi abuela tiene 82 años. Es la madre de mi madre y, durante un tiempo, tuve la suerte de poder cuidarla.

Cuidarla nunca me hizo sentir que estaba perdiendo algo. Al contrario, sentía que estaba recibiendo un regalo.

Recuerdo nuestros paseos por Villa de Vallecas. Recuerdo estar a su lado y pelar un plátano para que pudiera comerlo durante el paseo. Puede parecer una tontería para cualquiera que lo vea desde fuera. Porque cuidar muchas veces consiste precisamente en eso: hacer por alguien una pequeña cosa que para ti apenas supone un esfuerzo, pero que para esa persona significa que no está sola.

También recuerdo el parque, sentarnos a tomar el sol y compartir momentos en los que bastaba con estar juntos.

Y recuerdo algo que hoy me hace sonreír: cuando comíamos y ella no quería tomarse su vaso de agua. Hoy recuerdo esas pequeñas discusiones con cariño, porque uno no sabe mientras vive un momento que algún día lo echará de menos. Y yo viví aquellos momentos con mi abuela, con todo lo bueno y también con la frustración.

Entiendo que Perú es su tierra, sus raíces y su historia. Pero yo también tenía una historia con ella. Y, de repente, los paseos terminaron. El parque quedó atrás. Ya no podía pelarle su plátano, sentarme a su lado mientras tomábamos el sol ni insistirle para que bebiera aquel vaso de agua. La distancia cambió la forma de cuidarla, pero no consiguió que dejara de hacerlo.

Mi abuela tiene una demencia leve y quizá por eso ahora hay algo que me preocupa más que la distancia: el paso del tiempo.

Me pregunto si algún día dejará de reconocerme. Me pregunto si mi voz seguirá siendo para ella la voz de su nieto.

Entonces recuerdo la bufanda.

Cada vez que me la pongo pienso que quizá el amor también funciona así: como una bufanda. Se hace poco a poco, hilo a hilo, sin darse uno cuenta de cuándo empieza a convertirse en algo tan grande.

Mi abuela me cuidó primero y yo la cuidé después.

Y ahora, aunque estemos separados por un océano, sigo cuidándola.

La llamo. Quiero escuchar su voz y que ella escuche la mía. Quiero contarle cosas que vivimos juntos. Quiero hablarle de aquellos paseos, del parque, del sol, del plátano y del vaso de agua que tantas veces no quería beberse.

Quiero que, aunque sea durante unos segundos, pueda volver a encontrarme en algún rincón de su memoria.

No pretendo luchar contra el tiempo. Solo quiero aprovechar los momentos que todavía tenemos.

 

He aprendido que los detalles más bonitos pueden llegar muy profundo cuando se hacen en el momento adecuado. Eso intenté hacer con mi abuela: estar, acompañar, cuidar y querer, sin esperar nada a cambio. Aunque, en realidad, ella ya me había dado muchísimo antes.

A veces cuidar es recordar, llamar, escuchar, esperar o guardar una bufanda de color crema como si fuera un pedacito de una persona que amas.

Porque hay algo que la demencia puede intentar llevarse poco a poco: los recuerdos. Pero el amor con el que fueron construidos no debería desaparecer nunca. Por eso, mientras pueda llamarla, seguiré haciéndolo. Mientras pueda escucharla, seguiré escuchándola y diciéndole quién soy: su nieto.

Porque, aunque la memoria pueda borrar nombres, lugares y momentos, el cariño permanece de una forma que ninguna distancia puede romper jamás.

El mismo nieto al que un día hizo una bufanda con sus propias manos y que, caminando por Villa de Vallecas, le pelaba un plátano para que pudiera seguir disfrutando de su paseo.

Porque ella me cuidó cuando yo lo necesitaba. Y ahora me toca a mí cuidar a quien un día me cuidó.