Escrito por
Cuidador profesional | Jonathan Hergueta
Mi experiencia como cuidador profesional nace de una convicción sencilla: cuidar no significa únicamente atender las necesidades de una persona, sino acompañarla, escucharla y hacerle sentir que no está sola.
A lo largo de mi trayectoria he tenido la oportunidad de acompañar a personas en diferentes situaciones de vulnerabilidad, especialmente personas mayores y menores en situación de protección. Son experiencias diferentes, pero todas me han enseñado que detrás de cada necesidad existe una persona con una historia, unas emociones y una dignidad que debe ser respetada.
Uno de los ejemplos que mejor representa mi manera de entender el cuidado es mi acompañamiento a Elías Fernández, que actualmente tiene 100 años y reside en una residencia de Oviedo. Llevo más de cinco años acompañándolo. Durante este tiempo, nuestra relación se ha construido desde la cercanía, la conversación y la presencia.
Acompañar a una persona durante tantos años permite comprender que el cuidado no consiste únicamente en ayudar cuando existe una necesidad concreta. También significa dedicar tiempo, escuchar recuerdos, conversar, compartir momentos y mantener un vínculo que ayude a combatir la soledad. Con el paso del tiempo, la presencia continuada adquiere un valor especial: la persona sabe que hay alguien que se acuerda de ella y que sigue estando a su lado.
También forma parte de mi historia de acompañamiento Regino Chiquirrín, a quien acompañé hasta el último día de su vida. Regino dedicó muchos años de su vida como sacerdote a la pastoral de las personas sordas y, durante nuestro tiempo juntos, me enseñó las bases del lenguaje de signos que utilizaba con ellas. Aquella relación me enseñó que el cuidado también puede ser un intercambio: mientras yo le acompañaba, él compartía conmigo sus conocimientos, experiencias y una parte de su vida dedicada al servicio de los demás. Acompañarlo hasta el final me permitió comprender especialmente el valor de la presencia cuando una persona atraviesa la última etapa de su vida.
Otra parte fundamental de mi experiencia se desarrolla como cuidador y educador en el Centro de Protección de Menores Madre Isabel Larrañaga, en Gijón. Allí acompaño a menores que se encuentran en situaciones de especial vulnerabilidad y que, en algunos casos, han vivido circunstancias familiares y personales especialmente complejas, como tener a alguno de sus progenitores en prisión o afrontar problemas psicológicos.
Trabajar con menores en protección exige una atención constante y personalizada. Cada menor tiene una historia diferente y puede reaccionar de manera distinta ante las normas, los límites, la convivencia o la relación con los adultos. Una de las principales dificultades consiste precisamente en generar confianza y ofrecer seguridad a personas que, en ocasiones, han vivido situaciones que han dificultado su capacidad para confiar en los demás.
Mi labor implica acompañarlos en el día a día, escuchar sus preocupaciones, ayudarles a gestionar conflictos, establecer límites, favorecer una convivencia adecuada y apoyar su desarrollo personal y educativo. En este contexto, cuidar también significa saber cuándo escuchar, cuándo intervenir y cuándo simplemente permanecer cerca.
El impacto positivo del cuidado no siempre se manifiesta en grandes cambios inmediatos. A veces aparece cuando un menor comienza a confiar en un adulto, expresa aquello que le preocupa, acepta ayuda o descubre que puede contar con alguien. En una persona mayor puede estar en algo tan sencillo como mantener una conversación, compartir un recuerdo o saber que alguien continúa acompañándola.
Mi trayectoria de acompañamiento se ha extendido también a través de Sonrisas de Fe, organización que fundé en 2020 y desde la que he impulsado iniciativas de acompañamiento y humanización dirigidas a personas hospitalizadas, personas mayores, menores y personas que viven situaciones de soledad.
Estas experiencias me han enseñado que cuidar requiere responsabilidad, paciencia, empatía y compromiso. También que ninguna persona debería quedar reducida a su edad, a su situación familiar, a una enfermedad o a las circunstancias que haya vivido.
Cuidar es atender, pero también escuchar. Cuidar es ayudar, pero también respetar. Y, sobre todo, cuidar es estar.
