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El Reino de los Abrazos: Custodios del Tránsito

Escrito por
David Viuescas | Cuidadora profesional

En el complejo mundo de la función pública soy un cocinero «de prestado». Sin plaza fija, he rodado por infinidad de sustituciones valiendo para un roto o un descosido. Sin embargo, existen lugares que te marcan y te reescriben el alma.

Durante mucho tiempo mi trinchera diaria fue un centro de menores saturado, una ONU a pequeña escala con el corazón en carne viva. Allí aprendí que el cordón umbilical es una fibra invisible que se regenera día a día con el cuidado y el afecto.
Recibíamos a los cachorros de la manada con el frío del desamparo pegado a los huesos. Mi respuesta ante su miedo siempre era bajar de inmediato al vestíbulo, como el guardián de los fuegos de la cocina, para tenderles un hilo de esperanza: «¿Tienes hambre? ¿Qué te pide el alma comer?». Cuando el shock les cerraba el estómago, les ofrecía una sopa de pan caliente que sabe a abrazo, o un arroz cocinado con pasión y cariño. Sus máquinas necesitaban combustible para que el corazón pudiera digerir lo ocurrido.
En ese comedor aprendí lenguajes sutiles. Como el de Amélie, cuyo autismo no pronunciaba la palabra abrazo, pero seguía la palma de mi mano mientras bailaba alrededor del carro de la comida. O el de Lienve, una niña con una timidez de manto invisible con la que necesité paciencia y una caracola marina para ganarme su confianza. Y a aquellos chavales que cruzaron el océano en un precario cayuco, niños convertidos en moneda de cambio político a los que abajo mirábamos directamente a los ojos para devolverles su dignidad robada.

La cocina era una zona de asilo, el remanso para lavar las penas. Si un pequeño entraba en crisis, las educadoras me lo enviaban; sabían que era un espacio neutro y seguro. Les daba pequeñas responsabilidades, poníamos música alegre y jugábamos a inventar «besayunos» —saludos cálidos con pan recién horneado y un chorrito de aceite de oliva—. Éramos contrabandistas de sueños operando al margen de la tristeza del mundo.
A veces coincidía con el «equipo luz», personas con un don innato donde la dulzura pululaba de forma visible. Se creaba una sinergia pura: un cruce de miradas bastaba para reconocer la complicidad.
Como aquel bebé que llegó asustado y al que apenas le quedaban días con nosotros. Lloraba, no comía y solo aceptaba pan seco; si se mojaba, decía que estaba «sucio». Me empeñé en que probara cosas nuevas. Un domingo de paella, le desmigué el pollo, le aparté la verdura e inventé un triturado de colorines. Tras veinte minutos batallando sin éxito, me fui frustrado. A la vuelta, una educadora me enseñó emocionada un vídeo: ¡el bebé se estaba comiendo la paella con ganas! Así forjamos una hermosa amistad. Pronto me buscaba con los ojos y empezó a llamarme «papá» antes de aprender a decir «David». No sé qué me gustaba más.

 

Hoy la vida me ha traído a un nuevo castillo. Aquí observo la labor de Isabel y su forma de guiar a los niños con sensibilidad y firmeza, sin alzar jamás la voz. Formamos un vínculo de admiración mutua: yo aprendía de su intuición y ella de mi dedicación. Un día me envió la foto de tres niños sonriendo junto a un libro infantil: El pulpo Felipe y el cangrejo Mariano. Esa imagen reflejaba el respeto y afecto que ella sembraba.
Isabel usó una palabra que resonó en mi ser: Tránsito. Porque aquellos pequeños, con la fragilidad de un pájaro recién nacido, son viajeros de un destino incierto. Llegaban a nuestro regazo como si el mundo los hubiera escupido, ajenos por completo al amor.
Mientras el pequeño Ibraham corría hoy alrededor de la falla, Liago me confesó con timidez su miedo a las bombetas. Lo tranquilicé de inmediato: «No te preocupes, son muy pequeñas». Y mientras sacaba un delicioso arroz al horno, le prometí: «El lunes me cuentas cuántas has tirado». En el patio, la palmera recién plantada crecía firme hacia el cielo.

Los años en primera línea te enseñan que lo mínimo es lo más grande. Vale mucho más un sencillo «¿cómo estás?» que cualquier diploma. Al final, la vida se resume cuando uno de estos pequeños corre hacia ti, estira sus manos diminutas y te dice: «¿Me das un abrazo?». Ellos están en tránsito hacia una vida nueva, y nosotros somos el suspiro que el universo da para que sus alas no se rompan antes de volar. Ahí está todo.