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Ella que cuida dentro y fuera y ayuda a cuidar al cuidador

Escrito por
Silvia Eva Guerrero | Cuidadora familiar

A los quince años, cuando muchos aún buscan su lugar en el mundo, ella ya recorría los pasillos de una universidad con una mezcla de determinación y asombro. En sus manos llevaba planos, reglas… y una ilusión enorme por construir algo propio.

Arquitectura no era solo una carrera: era su forma de imaginar el futuro. Durante tres semestres creyó, sin fisuras, que su camino estaba ahí.

Pero la vida, que no siempre sigue los planos que trazamos, decidió redibujar el suyo. Todo cambió cuando su hermana fue hospitalizada. De pronto, su mundo se llenó de sonidos distintos: monitores, pasos apresurados, voces bajas en los pasillos. Pasó noches enteras acompañando, observando. Y en medio de ese ambiente frío y técnico, descubrió algo profundamente humano: lo que realmente sostiene a una persona en sus momentos más difíciles no son las estructuras, sino la cercanía, el cuidado, la presencia.

Sin buscarlo, algo dentro de ella empezó a transformarse. Un médico, quizá percibiendo ese cambio silencioso, le ofreció un formulario. No era solo un papel: era una puerta. Y ella, con una mezcla de miedo y valentía, decidió cruzarla. Dejó atrás los planos para empezar a construir algo mucho más esencial: la vida de las personas. Así comenzó su camino en Terapia Ocupacional.

Desde el principio destacó, pero no solo por lo que sabía hacer, sino por cómo estaba. Tenía una forma especial de acompañar, de escuchar, de hacer sentir a los demás que no estaban solos. Donde otros veían tareas, ella veía personas. Y eso marcaba la diferencia. Cuando parecía que todo empezaba a encajar, la vida volvió a sorprenderla.

Se enamoró. Y de ese amor nació su hijo. Llegó antes de tiempo, pequeño y vulnerable, pero con una fuerza inmensa. Con él aprendió el verdadero significado de cuidar: estar, sostener, no rendirse. Fueron tiempos de incertidumbre y también de una ternura profunda. Mientras lo acompañaba en su crecimiento, también reafirmaba su vocación. Porque entendió que amar y cuidar eran, en el fondo, lo mismo.

Cuando su hijo creció, retomó su camino con más fuerza. Su trabajo la llevó a lugares difíciles: cárceles, calles, centros de rehabilitación. Espacios donde muchos no quieren mirar. Pero ella se quedaba. Donde otros veían límites, ella encontraba posibilidades.

Sin embargo, su desafío más duro no estaba fuera, sino en casa. Vivió situaciones de violencia, de miedo, de silencio. Hasta que un día se miró y decidió que ya era suficiente. Eligió romper el ciclo. Eligió protegerse. Eligió empezar de nuevo. Y lo hizo. Sola, con su hijo de la mano, reconstruyó su vida paso a paso.

El amor volvió, de una forma inesperada. A través de una pantalla, entre conversaciones largas y sinceras, entre dos acentos distintos —Colombia y España— fue creciendo algo real. Su entorno no lo entendía: él tenía una discapacidad física. Pero ella ya sabía mirar más allá de lo evidente. Sabía que el valor de una persona no está en su cuerpo, sino en su manera de estar en el mundo.

Cuando finalmente se encontraron, lo que habían construido a distancia cobró vida. Juntos impulsaron proyectos, promovieron el baloncesto adaptado y aprendieron a convertir las dificultades en fuerza compartida.

Después llegó España. Un nuevo comienzo, otra vez desde cero. Más adelante, su hijo fue diagnosticado con TEA. Y aunque el golpe fue duro, no se quedó ahí. Respiró hondo y se puso en marcha. Aprendió, se formó, buscó respuestas. Transformó el miedo en acción. Junto a su pareja, impulsó iniciativas inclusivas, como el hockey en silla de ruedas, entendiendo que la inclusión no ocurre sola: se construye cada día.

El camino los llevó a un pequeño lugar de Castellón. Allí encontraron una asociación que estaba a punto de desaparecer. Empezaron como voluntarios… pero no pudieron mirar hacia otro lado. Se implicaron, sostuvieron, reconstruyeron. Y así comenzó una nueva etapa.

 

Desde hace siete años, ella y su compañero han dado una nueva vida a AFANIAD Maestrat. La transformaron en algo más que una entidad: un espacio de oportunidades, de acompañamiento, de comunidad. Un lugar donde muchas personas encuentran apoyo, sentido y esperanza. Y ella… Ella es mucho más que una terapeuta ocupacional.

Es madre, es compañera, es guía. Es de esas personas que tienden la mano incluso cuando están cansadas. Que sostienen incluso cuando nadie lo ve. A veces se olvida de sí misma, pero nunca de los demás.

A sus 51 años, sigue levantándose cada día con la misma convicción: que siempre se puede hacer algo más por alguien. Que cada pequeño gesto cuenta. Que cada vida merece ser acompañada.

Porque hace tiempo entendió que su vocación no era construir edificios…… Su vocación era construir esperanza. Y que cada amanecer lleva un reto, una nueva idea, un paso más para mejorar vidas…Y lo sigue haciendo —con cada gesto, con cada familia, con

cada vida que toca—, recordándonos que los verdaderos cuidadores no levantan muros… levantan almas construyen esperanza.

Y eso es lo que sigue haciendo, cada día, en silencio y con entrega, dejando huella no en el paisaje… sino en las personas.