Escrito por
Daniel Dzikon | Cuidador familiar
Yo quería cuidar de ella. Cómo no iba a querer hacerlo, si era como mi abuela.
No era una idea abstracta ni algo que se dijera por decir. Era una necesidad real, de esas que nacen desde el vínculo y del cariño. Y en parte un deseo suyo, ya que hacía poco tiempo que había aprobado el grado medio de atención a personas en situación de dependencia. Era «su» auxiliar.
Lamentablemente las circunstancias hicieron que todo fuera más difícil de lo que debería haber sido.
En plena pandemia, todo se volvió todavía más complicado. Las decisiones familiares, las tensiones entre todos… Un tercero fue quién asumió de forma unilateral sin contar con la opinión de absolutamente nadie de su cuidado directo, en el cual se produjeron diversos acontecimientos que, a día de hoy, son todo un misterio. Ahí descubrí como tan cruel y egoísta puede llegar a ser un ser humano.
Mi madre, quien había asistido a cada quimioterapia con ella, acompañándola, sosteniéndola cada vez que hacía falta. Fue un apoyo constante, firme, de esos que no se ven siempre pero que lo cambian todo.
Mi padre, la quería tanto como ella a él. Daba gusto verlos reírse, hablar… Sonrío pensando que una parte de ella se encuentra en nuestro corazón, por siempre.
Eso fue una de las partes más duras: Sentir que te apartan de alguien a quien quieres proteger.
A raíz de ahí, la distancia no fue solo física, sino también emocional y la sensación de impotencia estuvo presente todo el tiempo. Queríamos estar como lo habíamos hecho toda la vida, pero en ese momento no dependía de nosotros.
Aún así, hubo un día en el que me presenté en su casa, e hice caso omiso a la tercera persona que allí se encontraba. Fui solo, sin mis padres, sin nadie. Algo íntimo, silencioso, casi frágil. Recuerdo entrar en la habitación y verla tumbada, con las sábanas bajadas. Muy distinta a como siempre la había conocido.
No pude contenerme e intenté no romper el silencio con mis lágrimas. Recuerdo bajarme la mascarilla y preguntarla si la podía abrazar. Por supuesto que nos abrazamos. Me tendió su mano, la cogí y ella me la apretó con una calma inesperada. Con una voz débil, pero serena, me dijo que todo iba a salir bien. Esa fue la última frase que me dijo en vida. La mantengo en mi mente como un regalo. En medio del miedo y la incertidumbre, era ella quien intentaba darme paz a mí. Qué paradójico todo.
Recuerdo especialmente el día en que todo terminó. Sin tiempo para prepararse ni para despedirse del todo.
Mi madre, la vi completamente rota. De las veces más rota que he visto a una persona en mi vida. En toda mi vida. Esa imagen se me quedó grabada, porque resumía todo el dolor acumulado de meses de lucha, acompañamiento sin descanso, preguntas sin resolver, muchos silencios y la sensación de no haber podido estar como familia de la manera que habríamos querido.
Me ha costado años entender y ni si quiera del todo, que hay cosas que no siempre dependen del amor o de la intención.
A veces, influyen decisiones ajenas, circunstancias y momentos que se escapan de las manos. Pero ese vínculo no se rompe con la ausencia.
Porque hay momentos que se quedan contigo para siempre. Como esa habitación, su mano sujetando la mía y su voz diciéndome aquella frase.
Porque hay formas de cuidar que no siempre se ven, pero se sienten toda la vida.
