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Gracias por el amor que me das

Escrito por
Florentina Nica | Cuidadora profesional

Una profesional sociosanitaria es muchísimo más de lo que la sociedad actual suele ver, entender o reconocer a simple vista.

A menudo, nuestra labor se reduce erróneamente a las tareas del hogar, pero es un gran equívoco confundir los servicios de limpieza doméstica con el trabajo profundo de una auxiliar de ayuda a domicilio. Cada jornada en esta profesión representa un nuevo reto humano, una frontera diferente que cruzar. Sin embargo, nada está más lejos de la realidad que rendirse o afirmar que no se puede lograr. De hecho, cada una de nosotras desarrolla su propia metodología, su forma particular de trabajar o, expresado de una manera mucho más precisa, su propia forma de ser y de entregarse a los demás.

La verdadera labor de una auxiliar en ayuda a domicilio abarca un espectro invisible; implica sembrar cariño, destilar empatía, ofrecer amor genuino y, en muchas ocasiones, compartir un profundo dolor emocional. A lo largo de los años, he aprendido con certeza que cuidar no consiste en aplicar una técnica fría o un protocolo deshumanizado. Ni nosotros como profesionales somos máquinas programadas, ni los usuarios son robots sin sentimientos. Al contrario, son almas inmensas que hoy lidian con limitaciones físicas o cognitivas en su día a día. Ahí es exactamente donde residimos nosotras: nuestro papel fundamental es hacerles la vida más agradable, transformando la rutina y consiguiendo que la pesada «mochila de los años» les resulte lo menos dolorosa posible.

Somos los profesionales quienes compartimos el verdadero día a día con los usuarios, habitando sus silencios y sus rutinas. Nuestra labor cotidiana implica estar constantemente pendientes de ellos, organizar la preparación minuciosa de su alimentación, supervisar rigurosamente la administración de su medicación, encargarnos de su aseo personal, acompañarlos en sus paseos, guiar sus ejercicios físicos, vigilar el estado de su piel y velar sin descanso por su bienestar general. Convivo a diario con personas maravillosas y jamás haría las cosas buscando mi propia comodidad, porque en ese mismo instante dejaría de ser yo misma.

Mi gran secreto profesional siempre ha sido la adaptación constante. Busco formas dinámicas, divertidas y profundamente humanas de convivir, con el firme objetivo de convertirnos en amigos cercanos y no en dos extraños que comparten un espacio. Deseo con el corazón que el tiempo compartido en el hogar no sea percibido jamás como «estrictamente trabajo». Entre el usuario y la cuidadora se genera un vínculo sagrado que no se gana en una hora ni en dos. Se requiere una paciencia infinita y una flexibilidad absoluta hacia las necesidades de la otra persona. Si es necesario, hay que anticiparse a los acontecimientos con extrema delicadeza, intentar explicar las cosas con calma y, si la audición falla, reinventarse por completo. Lo mismo ocurre cuando atendemos a personas que padecen la enfermedad de Alzheimer: la regla de oro es que nunca se debe obligar a nada. Es imprescindible respetar sus tiempos individuales y jugar con la imaginación para descubrir las formas más adecuadas de realizar el aseo, la toma de la medicación o los ejercicios diarios.

Hablo siempre desde el territorio de mi propia experiencia. En cada domicilio el escenario cambia por completo, ya que los usuarios son seres únicos y no todos requieren los mismos cuidados ni los mismos afectos.

Recuerdo con especial ternura una ocasión en la que un simple calcetín viejo, al que decidí dibujarle una carita alegre, se convirtió instantáneamente en un amigo entrañable para un paciente. Aquel juguete improvisado sirvió como la herramienta perfecta para motivarlo a realizar sus ejercicios de rehabilitación sin sentir ninguna presión, transformando el esfuerzo físico en una hermosa sonrisa. En otras ocasiones, un simple trozo de papel donde escribo palabras sueltas como amigo, gracias, sol, frío o ¿eres feliz? es suficiente para encender una luz de comprensión en sus rostros. Incluso un pequeño masaje en la cabeza o en los pies se transforma en ese instante mágico que esperan con ilusión todos los días.

 

Mucha gente se detiene a darme las gracias por la forma en que los cuido. Aunque esas palabras me alegran profundamente el corazón, en el fondo siento que no tienen ninguna necesidad de darlas: para mí, ellos ya forman parte indisoluble de mi propia vida. Su manera de cuidarme a mí también es un «gracias» continuo, expresado a través de los abrazos sinceros y del afecto diario; un lazo invisible que a veces nos convierte, a ojos de sus familias, en su «ángel de la guarda».

Guardo en el centro de mi alma, como si fuera un tatuaje eterno, las palabras de aquella entrañable señora que me llamaba diariamente de esa manera. Sus últimas palabras en este mundo, cuando la memoria ya la había abandonado casi por completo y apenas recordaba nada de su pasado, fueron dirigidas a mí con una lucidez asombrosa: “Gracias por el amor que me das”.