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La pregunta de Juan y el comienzo de un sueño colectivo

Escrito por
Leandro H Bassani | Cuidador profesional

Era una pregunta simple, pero me dejó sin respuesta. – ¿Esto cuándo se termina? –

Estábamos sentados en una plaza de Reconquista, después de sacar fotos a unos monumentos. Juan miraba la pantalla de la cámara con una mezcla de concentración y curiosidad. Habíamos pasado la tarde entre historias, ideas y ocurrencias suyas, como tantas otras veces.

– ¿Qué cosa? – le pregunté, sin anticipar lo que venía.

– Esto de salir y estar juntos… porque la verdad no quiero que termine-

Juan tiene 16 años y discapacidad intelectual. Cuando lo conocí, un par de meses antes, su mundo ya estaba lleno de ideas, pero no siempre encontraba la forma de ordenarlas ni de hacerlas realidad. Hablaba de viajes al espacio, de la historia argentina, de películas de acción. Todo al mismo tiempo. Todo con intensidad.

Recuerdo que el primer encuentro fue como destapar una gaseosa agitada: una explosión de palabras.

Yo venía trabajando desde la planificación centrada en la persona, así que le hice una pregunta simple: – ¿Qué te gusta hacer? – Ahí empezó todo.

Descubrí que, más allá del desorden, había algo constante en Juan: su necesidad de narrar. Todo lo convertía en historia. Si hablábamos de una serie, te contaba en qué año estaba ambientada. Si salíamos a caminar, imaginaba relatos sobre lo que veíamos.

Entonces decidimos construir algo desde ahí. Así nacieron un blog y un canal de YouTube.

En el blog, Juan sacaba fotos de monumentos de la ciudad y escribía pequeñas descripciones que después revisábamos juntos. En el canal, hacíamos videos resumiendo capítulos de su serie favorita, El Zorro. Él pensaba, imaginaba y narraba. Yo, acompañaba, ordenaba, sostenía.

No había un programa rígido. No había protocolos.

Había interés, tiempo compartido y una construcción en conjunto. Pero no todo era sencillo.

Juan tenía dificultades para sostener la atención, para estructurar sus ideas, para pasar de la imaginación a la acción. Había momentos de frustración, de dispersión, de cansancio. Y también estaban mis propias dificultades.

En ese mismo tiempo, había perdido mi trabajo en un centro de día. Necesitaba estabilidad, ingresos, un rumbo claro. Lo de Juan era valioso, pero incierto.

Sin embargo, cada encuentro confirmaba algo que no podía ignorar: ahí estaba pasando algo importante. No solo para él. También para mí.

 

La oportunidad llegó en junio.

Después de presentar un proyecto de alfabetización digital para poblaciones vulnerables, me convocaron desde la Municipalidad de Reconquista para coordinar el Punto de Aprendizaje e Innovación Digital. Era una gran noticia. Pero traía una pregunta incómoda:

¿Qué iba a pasar con Juan?.

Cuando se lo comuniqué a su mamá, Marina, ella dijo algo que cambió todo:

– ¿Y no habría forma de armar algo desde el municipio para que Juan y otros chicos puedan aprender juntos? –

Fue un momento eureka, de esos que después uno reconoce como un punto de inflexión. Porque la respuesta era evidente. Sí, había forma.

Juan no quedó afuera.

Se convirtió en el comienzo.

Un día trajo a su amigo Bauti. Después se sumó Tomás, un chico sin discapacidad. Y sin darme cuenta, lo que había empezado como un acompañamiento individual empezó a transformarse en algo colectivo. Pero había algo que necesitaba resolver.

Yo ya conocía los espacios tradicionales para personas con discapacidad. Había trabajado más de diez años en hogares y centros de día. Sabía lo que funcionaba… y también lo que faltaba.

Faltaba encuentro real. Faltaba trabajo compartido. Faltaba un espacio donde la diferencia no separara, sino que construyera.

 

Así nació el Club de Creadores Digitales “Código Digital”.

Un espacio donde jóvenes con y sin discapacidad trabajan juntos creando contenidos: escriben, diseñan y producen una revista digital.

Hoy son 21 y crean contenidos para una red de más de 200 suscriptores de todo el mundo. Se reúnen todas las semanas. Algunos participan de forma virtual. Hay voluntarios, estudiantes en formación, una red que crece. Pero lo importante no es el número. Es lo que pasa ahí.

Juan sigue estando. Ya no es solo un participante. Ahora es un prosumidor: alguien que crea, que propone, que produce. Sus ideas ya no quedan flotando. Se transforman en algo que otros pueden ver, leer, compartir.

Con el tiempo, esa experiencia empezó a replicarse. La llamamos “Clubersos Digitales”: espacios basados en la diversidad, la producción digital y el trabajo colaborativo. Hoy ya hay iniciativas en otras localidades, como en Granadero Baigorria.

El proyecto creció. Fue reconocido.

Pero lo esencial sigue siendo lo mismo que aquella tarde en la plaza. Porque cuidar, aprendí, no es solo acompañar.

Es también generar condiciones para que el otro pueda crear. Es sostener cuando hace falta… pero también es impulsar y dejar ser y hacer. Es transformar un vínculo en una oportunidad.

 

A veces vuelvo a esa pregunta de Juan:

– ¿Esto cuándo se termina? –

Y hoy creo que tengo una respuesta distinta. No se trata de que no termine. Se trata de que se transforme. De que crezca. De que incluya a otros. De que deje de ser solo de dos… para volverse de muchos.

Y si algo aprendí en este camino es que, a veces, el cuidado empieza con algo muy simple: Escuchar lo que al otro le gusta. Y tomárselo en serio.