Escrito por
Nadia Bustos | Cuidadora familiar
Nunca estudié para ser cuidadora.
Estudiaba contabilidad cuando realicé mi práctica en un hospital de mi ciudad natal, Chillán, en Chile. Mi función era inventarios, números, organización… pero el hospital me enseñó algo que ningún aula podía darme: humanidad.
Recorría las salas y los pacientes creían que era personal de salud. Me llamaban, me pedían ayuda, una palabra, un gesto, un vaso de agua. Y yo respondía. Sin darme cuenta, ahí nació mi vocación.
Seis meses bastaron para entender que mi lugar estaba junto a las personas, no solo detrás de los papeles.
Después estudié Técnico en Enfermería y trabajé 11 años en oncología y trasplante de médula ósea. Aprendí a acompañar el dolor más profundo, a sostener la fragilidad de la vida y a estar presente cuando todo lo demás ya no alcanza.
Mis pacientes me formaron sin saberlo. Me enseñaron a no rendirme. A cuidar incluso cuando no hay certezas, solo amor y presencia.
Hasta que la vida me enfrentó a mi mayor prueba.
A mi hijo, a los 5 años, le diagnosticaron distrofia muscular de Duchenne. El diagnóstico fue devastador. Nos dijeron que no había cura, solo cuidados paliativos.
Y entonces comprendí algo más profundo: yo ya era cuidadora.
No por un título. Sino por una vida entera de aprendizaje.
Me convertí en su cuidadora 24/7. Aprendí cada cuidado, cada tratamiento, cada adaptación. Pero sobre todo aprendí a sostener la esperanza cuando todo invita a soltarla.
Porque cuidar no es solo asistir. Cuidar es amar con valentía.
Es resistir cuando el cuerpo y el alma se cansan. Es quedarse cuando el mundo se rompe. Es mirar a tu hijo y decidir que la vida sigue teniendo sentido, incluso en la dificultad.
Hoy también acompaño a otras familias que viven este mismo camino, porque entendí que nadie debería cuidar en soledad.
La vida me entrenó en silencio: entre pacientes, pérdidas, aprendizajes y amor.
Y hoy lo sé con absoluta certeza: cuidar no es lo que hago… es lo que soy.
