Escrito por
Alejandra Navarro | Cuidadora profesional
Mi jornada comienza con el sonido de un despertador y un cafelito con mi compañero de vida.
No solo comienza así, sino con la silenciosa promesa de hacer un nuevo y mejor día para alguien más. El uniforme que uso es más que una tela, es un escudo de empatía y un delantal de paciencia. Me dedico a la ayuda a domicilio, una labor que muchos ven como simplemente un trabajo, pero que para mí es un privilegio: el de ser las manos del tiempo para aquellos que ya no pueden sostenerlo.
Cada mañana atravieso puertas que se abren a mundos vividos, llenos de fotografías descoloridas y el aroma del paso de los años.
Me gusta pensar que entro en estas vidas como una ráfaga de aire fresco, llevando conmigo no solo la asistencia física sino también una chispa de vida y alegría.
Mi día a día es un torbellino de realidades humanas. Es la tarea de atender a un ser humano que, a pesar de sus décadas, ahora depende de mí como un bebé; es vestirlos, peinados, asegurarme de que estén cómodos y limpios. Sí, me han orinado encima, me han vomitado y he limpiado lo que la vida va dejando atrás, son momentos que no se miden ‘asco’ sino en amor incondicional y respeto por la fragilidad del cuerpo. Es un recordatorio de nuestra humanidad compartida.
Pero más allá de la higiene y de las tareas diarias, mi misión es el alma. El ratito que estoy con nuestros mayores y personas dependientes no es un simple chequeo de tareas. Es un interludio de cariño, un paréntesis en su soledad o en su dolor. Mi empeño es para que sea un ratito bonito, divertido, lleno de risas que a veces por un instante, les hace olvidar sus dolencias y sus pérdidas. También es simplemente que la mente que olvida note alguien de confianza a su lado, que las personas encamadas y sin movilidad ni casi conciencia sigan notando el calor humano. Que cuando una enfermedad hace desconfiar, hace tener agresividad, hacen ser a las personas como nunca fueron…que sobre todo en esos casos sigamos siendo cariñosas y comprensivas en su cuidado y que nos marchemos pensando que no es la persona, es la enfermedad.
Mi recompensa no está en el salario (que también) sino en la sonrisa arrugada que ilumina una cara cansada, en la mano temblorosa que aprieta la mía con gratitud, o en una historia compartida que me transporta a otra época.
Al final del día, cuando cierro la última puerta y me despido hasta mañana me gusta pensar que hice algo más que mi trabajo, que al menos por unas horas alguien ha tenido alegría, se ha sentido valorado y querido, que les he llevado luz en su rutina diaria…y esa es sin duda la labor más importante de mi vida.
