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Manos que no sueltan: 15 años cuidando la dignidad

Escrito por
Ernestina Elizaberth Pazmiño | Cuidadora profesional

Empecé en el año 2012 cuidando a un adulto mayor cuando aún no era profesional de enfermería. No fue por un título, fue por lo que vi: el desamparo de una familia y el apego de un paciente hacia quien le daba cariño y cuidado. Eso me conmovió tanto que me inspiró a estudiar geriatría. Hice el curso de Auxiliar de Enfermería y después me formé como Técnica de Enfermería. Ahí entendí que cuidar no era solo una ayuda: era mi vocación.

El contexto de mi trabajo ha sido siempre el domicilio. Personas adultas mayores, con dependencia, encamadas o con enfermedades crónicas. Mi labor ha sido integral: higiene, administración de medicación, cambios posturales, alimentación y, sobre todo, compañía. Porque un cuerpo cuidado sin un alma acompañada, no sana del todo.

La primera dificultad y el primer gran impacto me marcó en el año 2015. Conocí a Gladys. Era una señora diabética, ciega y con poca audición. Estaba prácticamente sola en su casa. Tenía úlceras por presión graves en los talones y en el coxis, y no podía sentar ni apoyar los pies.

La atención que le presté fue constante. Curaciones diarias de sus escaras, movilización para evitar el empeoramiento, control de su dieta por la diabetes y una rutina para que no pasara las horas en silencio. Lo más difícil fue lo físico: ver el dolor de sus heridas y el riesgo de que no cicatrizaran por la inmovilidad. Lo más difícil emocionalmente fue su soledad.

Gladys se apegó a mí. Con constancia, se recuperó totalmente de sus úlceras y volvió a caminar. Ese fue mi mayor orgullo como cuidadora. Me quería tanto que no quería estar con nadie más. Gladys falleció a mi lado. Su partida me dolió y me marcó para siempre, porque entendí que a veces somos la única familia que tienen al final.

 

La segunda experiencia que me define ocurrió ya en este país, al que llegué por razones de trabajo y de vida. Aquí sigo haciendo lo mismo: cuidar. Actualmente he atendido a tres familias.

De ellas, una persona me marcó profundamente: José Luis Bilbao. Falleció hace apenas dos meses. José Luis llegó a decirme: «Si tú te marchas te mando a fusilar». No lo decía con rabia, lo decía con miedo a la soledad. Decía que, después de sus hijos, no había nadie que le hubiera dado tanto cariño, tanto cuidado y tanto amor. Se apegó a mí como yo a él. Verlo partir me rompió por dentro. Son experiencias que marcan la vida más que la propia familia.

Las principales dificultades que he afrontado en estos 15 años han sido dos. La física: movilizar cuerpos, curar úlceras, enfrentar el reflujo gastroesofágico, prevenir la atelectasia con cambios posturales, el cansancio de las noches largas. Y la emocional: acompañar el duelo anticipado, sostener a familias agotadas y aprender a despedirte de quienes se vuelven parte de ti.

El impacto positivo siempre ha sido mutuo. En la persona cuidada, mi misión ha sido clara: hacerle sonreír, darle ternura, empatía y satisfacer todas sus necesidades para que no se sintiera una carga. En mí, el impacto fue convertirme en una profesional más humana. Aprendí que la paciencia tiene nombre, que una mano apretada vale más que mil palabras y que la dignidad se defiende en los detalles pequeños.

Mi misión siempre ha sido el cuidado de las personas mayores con esmero. Por eso animo a todos los cuidadores: no lo hagan solo por dinero ni por un trabajo. Háganlo por dar un granito de felicidad y acompañamiento a quienes más nos necesitan hoy. Porque hoy como mañana, todos necesitaremos que nos cuiden.

Yo no dejaré de dar amor y cariño a quienes más lo necesitan. Esa es la experiencia que me llevo de estos 15 años.