Escrito por
Wilson Riveros | Cuidador familiar
Mi nombre es Wilson Riveras Rojas y vivo en la vereda Caracolí, en el municipio de San Luis, Tolima. Desde hace varios años, mi vida dio un giro absoluto para asumir la responsabilidad más grande, dura y hermosa de mi existencia: convertirme en el cuidador de tiempo completo de mi señor padre, Desiderio Riveras Duarte, un adulto mayor que hoy se encuentra en una condición de extrema vulnerabilidad.
Mi papá es un hombre del campo, un campesino que dedicó su vida a la tierra pero que nunca tuvo la oportunidad de aprender a leer ni a escribir; en su cédula de ciudadanía se lee con claridad la condición de «NO FIRMA». Hoy en día, padece de una situación de discapacidad física y enfrenta diagnósticos médicos críticos y severos: Cardiomiopatía isquémica, Cardiomiopatía Dilatada y Fibrilación Auricular (una arritmia severa que pone en riesgo constante su vida). Cuidar de él implica un monitoreo de 24 horas al día, controlar un esquema estricto de múltiples medicamentos del corazón, asistir a sus terapias físicas de reacondicionamiento y aprender a reconocer de inmediato cualquier signo de alarma o ahogo que pueda apagar su vida.
El cuidador como defensor: Luchando contra la injusticia
Sin embargo, mi labor como cuidador familiar ha tenido que trascender las paredes de nuestra casa y los cuidados médicos. En el año 2019, personas inescrupulosas se aprovecharon de la inocencia, el analfabetismo y la total indefensión de mi padre.
Mediante engaños burdos, le hicieron plasmar su huella digital en unos documentos, haciéndole creer que firmaba una simple referencia personal, para tramitar a su nombre un crédito fraudulento superior a los 35 millones de pesos, dinero del cual mi padre jamás vio un solo peso.
Esta deuda ilegal fue vendida a otra entidad bancaria que hoy adelanta cobros coactivos y extrajudiciales, amenazando con embargar y rematar nuestra finca, la cual es el único hogar, sustento y mínimo vital de mis padres. Como cuidador, he tenido que ver cómo el acoso de las llamadas y el miedo inminente a perder su techo han destrozado la salud psicológica de mi papá, sumiéndolo en una depresión crónica que agrava peligrosamente su condición cardíaca.
Ha sido allí donde entendí que cuidar a un ser querido también significa ser su voz jurídica y su escudo protector. He tenido que aprender de leyes, redactar derechos de petición y radicar denuncias penales ante la fiscalía general de la Nación para defender la dignidad de mi papá y frenar el embargo de su vivienda mientras la justicia penal esclarece el dolo y el fraude.
Acepté el reto de estudiar Seguridad y Salud en el Trabajo en el SENA con el único objetivo de adquirir más conocimientos técnicos para cuidar el bienestar físico de mi hogar, mejorar las posturas de movilidad de mi padre y evitar accidentes en medio de nuestra rutina diaria.
Comparto mi experiencia en estos premios porque el cuidado familiar en Latinoamérica muchas veces es invisible e ignorado por el sistema financiero y social. Los cuidadores no solo lidiamos con la enfermedad de nuestros seres queridos; también luchamos contra un entorno que desprotege al adulto mayor vulnerable y analfabeto. Como un hijo agradecido que soy el escudo de mi papá, mi mayor premio diario es verlo respirar tranquilo bajo el techo de la casita que con tanto amor defiendo todos los días.
He destinado una gran parte de mi tiempo para solicitar un abogado del Estado (un defensor público) que me ayude a proteger a mi padre por el engaño de dos personas cuando quedó solo, pues él no sabe leer ni escribir. Estoy buscando con todas mis fuerzas que los bancos no lo dejen en la calle; ya que, con sus discapacidades y sus graves enfermedades, él no podría sobrevivir en esas condiciones.
Esta es nuestra realidad: una lucha diaria por la vida y por la justicia. Muchas gracias.
