Escrito por
Clementina Cubino | Cuidadora familiar
Ahora tengo 83 años y, cuando me pongo a mirar hacia atrás en la silla del salón, me doy cuenta de todo lo que he tenido que pasar en esta vida tan larga. Mucho antes de que mi hija Pilar escribiera un relato, estuvo la historia de verdad, la que vivimos entre las cuatro paredes de nuestra casa sin que nadie nos regalara nada. Éramos aún jóvenes, teníamos toda la ilusión del mundo por ver crecer a la familia, y de repente nos vino aquel golpe seco e injusto que nos cambió la vida para siempre.
Yo tenía solo 48 años cuando me quedé viuda. Mi marido era un hombre bueno, un verdadero ser de luz que no tenía más pretensión que trabajar honradamente y cuidar a sus tres hijos y a mí. Él no pensaba en sí mismo, solo vivía por y para su familia, con una bondad que no le cabía en el pecho. Pero a finales de los años 80 y principios de los 90 nos tocó la peor suerte. Le diagnosticaron leucemia. En aquella época, esa palabra nos sonaba rarísima, de la que casi no se sabía nada en las familias humildes. No había la información de ahora, ni internet, ni médicos que te explicaran las cosas con sencillez. Todo era un miedo negro, un mar de dudas y un apechugar e ir hacia adelante como buenamente podías.
Fueron cuatro años larguísimos pegada a él día y noche, sin despegarme de su vera. En esa época tan negra, la familia se quedó en la sombra. Nadie vino a arrimar el hombro de verdad, ni a decirme «vete a descansar un par de horas que ya me quedo yo». Se quedaron al margen, mirando desde lejos, y me tocó a mí sola cargar con todo el peso sobre las espaldas. Tuve que tirar para adelante con las labores de la casa, con la enfermedad destructiva de mi marido y con tres hijos aún jovencitos que veían con el corazón encogido cómo su padre se nos iba deshaciendo a pedazos día tras día.
Qué dura y qué amarga es la maldad de esa enfermedad. Digo maldad porque parece mentira que un cáncer se encarnice así y se lleve siempre a la gente más buena y más noble, sin mirar a quién ni tener un poco de piedad. Ver cómo se consumía mi marido después de lo mucho que había trabajado fue el dolor más amargo que me ha tocado tragar. Pero ¿sabes qué es lo que más grabado se me quedó en el alma de esos cuatro años? Su sonrisa. Por muy mal que estuviera el pobre, por muchos dolores que tuviera encima, siempre sacaba fuerzas de donde no las había para regalarme una sonrisa. Lo hacía para darme ánimos, para hacerme creer que todo iba a salir bien y para evitar que yo me viniera abajo. Qué grandor de hombre.
Yo apenas dormía, vivía en un permanente ayuno de descanso. Le lavaba con todo el cariño, les daba los remedios a sus horas y le acompañaba al hospital. Cuando regresaba a casa molida por dentro y por fuera, sacaba restos para hacer la comida a mis tres muchachos, lavar la ropa y ponerles buena cara para que no sufrieran. Cuando me quedaba sola por las noches en la cocina, se me caían los lagrimones en silencio sobre la mesa. Pero al día siguiente me lavaba la cara con agua fría y me levantaba otra vez con la cabeza bien alta. Tenía que ser una roca por él y por los niños.
Cuando él se me fue definitivamente, sentí que me arrancaban algo vivo de las entrañas. Con 48 años me vi viuda y sola frente al mundo, pero miraba a mis tres hijos y sabía que tenía que sacarlos adelante como fuera. Mi marido me dejó el listón muy alto con su ejemplo de lucha, y yo quería que sus hijos se sintieran orgullosos de la madre que los sacó a flote.
Hoy, que ya peino canas y tengo 83 años bien cumplidos, me acuerdo de cada día de esos cuatro años como si fuera ayer. Yo no tuve grandes estudios, no me dio tiempo ni a sacarme el graduado escolar porque antes había que ponerse a trabajar desde niña, y todo lo sé por la vida. Pero aprendí una lección: el amor de verdad se demuestra estando al pie del cañón cuando vienen los días oscuros.
De todo aquel dolor nació la fuerza con la que crié a mis tres hijos. Y de ahí aprendió también mi hija Pilar lo que significa cuidar a alguien de corazón. Yo siento que ya he cumplido con mi tarea. Ahora, desde la tranquilidad de mis 83 años, sigo aquí sentada, esperando con paciencia el día en que me toque partir, sabiendo con toda la fe de mi corazón que al otro lado volveré a encontrarme con él, con mi ser de luz, y que me estará esperando con esa misma sonrisa que jamás se me borró de la memoria.
