Escrito por
Silvia Muñoz | Cuidadora profesional
Durante dieciséis años trabajé como diseñadora gráfica en una editorial. Mi vida transcurría entre el olor a tinta, libros, colores, tipografías y pantallas de diferentes pulgadas. Jamás imaginé que un día cambiaría un ordenador por ofrecer mis manos a personas que necesitaban ayuda para vestirse, comer o, simplemente, sentirse acompañadas.
Cuando la editorial cerró, decidí estudiar atención sociosanitaria. No fue una decisión improvisada pues, desde hacía años dedicaba parte de mi tiempo libre al voluntariado en residencias de personas mayores, donde muchas tardes iba únicamente para escuchar, conversar o compartir un rato con quienes se sentían solos. También acompañé como voluntaria a personas en cuidados paliativos. Había algo dentro de mí que, sin saber explicarlo, siempre me llevaba hacia quienes más necesitaban compañía.
Con el tiempo descubrí que era yo quien más necesitaba de ellos.
Cuando llegó el momento de realizar las prácticas solicité una residencia de mayores. Pensaba que ese sería mi lugar.
Entonces la pandemia lo cambió todo. Por la crisis del COVID no pudieron asignarme una residencia y me destinaron a un centro de día con personas con discapacidad intelectual. Entré sin conocer absolutamente nada de ese mundo. Creía que iba a aprender un oficio.
Aquella pandemia cambió mi destino profesional. Pero fueron ellos quienes cambiaron mi manera de entender la vida. Pensaba que mi trabajo consistiría en asear a personas, dar comidas, cambiar pañales o administrar medicación. Me equivoqué.
Descubrí que cuidar nunca empieza por las manos. Empieza mucho antes. Empieza por la mirada.
A menudo pensamos que una persona que no puede comunicarse con palabras ni gestos tiene poco que decir. Yo aprendí exactamente lo contrario. Algunas de las personas que más me han enseñado en la vida, jamás pronunciaron una sola palabra, ni siquiera pudieron expresarla con un gesto. Y, sin embargo… ¿Cómo pueden contarte tanto?
Con una mirada te dicen que tienen miedo. Que sienten dolor. Que necesitan un abrazo. Que quieren que permanezcas cinco minutos más a su lado porque hoy el mundo les pesa demasiado. Aprendí a escuchar silencios. A interpretar respiraciones. A descubrir necesidades donde otros solo veían ausencia de comunicación.
Fue entonces cuando comprendí que el verdadero lenguaje nunca necesita palabras.
Hoy trabajo en el turno de noche en una residencia con personas con discapacidad intelectual con grandes necesidades de apoyo.
Muchos imaginan que la noche es tranquila. No lo es. Hay noches de fiebre. Noches de dolor. Noches de insomnio. Noches de ansiedad. Noches de miedo. Noches de desconcierto. Y también hay noches en las que una sola caricia consigue devolver la calma.
En ocasiones una persona únicamente necesita que te sientes junto a ella. Otras veces basta con cogerle la mano. Hay quienes apoyan la cabeza sobre tu pecho porque necesitan sentir que alguien está ahí.
Hay noches en las que interpreto todos los personajes del mundo. Un día soy una mariposa de enormes alas que espanta monstruos invisibles. Otro día soy cantante porque una canción consigue calmar lo que ningún medicamento puede aliviar. Otras veces soy madre, policía, payasa o simplemente alguien que permanece en silencio porque esa es la única respuesta que la otra persona necesita.
También aprendí que asear a una persona nunca consiste únicamente en lavar un cuerpo. Es entrar en su intimidad con respeto. Explicar cada gesto. Cubrir aquello que el pudor protege. Recordarle, incluso cuando no puede expresarlo, que tratándose de su dignidad ésta permanece intacta.
Con el tiempo descubrí que este trabajo no solo transforma la vida de quienes cuidamos. Nos transforma a nosotros.
Ya ves…hace años diseñaba libros. Hoy ayudo a escribir algo mucho más importante.
Días más tranquilos.
Noches con menos miedo.
Vidas con más dignidad.
Pensé que había dejado de diseñar libros. Me equivocaba. Hoy sigo haciéndolo. Solo que son libros sin letras.
Cada noche escribimos una página con abrazos, silencios y miradas. Cuando amanece, aunque nadie pueda leer esas páginas, comprendo que sigo diseñando libros. La diferencia es que estos nunca necesitarán imprimirse para dejar huella.
