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Oscura soledad

Escrito por
Adriana Castro | Cuidadora profesional

Llegué a la residencia con esa mezcla de nervios e ilusión que acompaña siempre a las primeras prácticas.

Todo era nuevo: los pasillos largos, el sonido constante de las ruedas de las sillas, las voces suaves de los auxiliares. Poco a poco fui conociendo a los residentes, sus rutinas, sus historias… pero hubo alguien que me llamó la atención desde el principio.

Era una mujer de cien años. Ciega. Siempre estaba en el mismo sitio, sentada en su silla de ruedas, con las manos apoyadas en el regazo sujetando su bolso. No hablaba con nadie. Nadie parecía hablar con ella. Su mundo era silencioso, inmóvil, como detenido en el tiempo.

Un día decidí acercarme.

No sabía muy bien qué decirle…

Me presenté con voz suave, intentando no invadir su espacio. Al principio no respondió, pero al oír mi voz giró ligeramente la cabeza. Me senté a su lado y empecé a hablarle, sin prisa, contándole cosas sencillas: quién era, qué hacía allí, cómo había sido mi mañana.

Poco a poco, su expresión cambió. No podía verme, pero me escuchaba. A partir de ese día, volví.

Descubrí que, aunque no pudiera ver, su mundo no estaba vacío.

Empezamos a jugar con otros sentidos. Le llevaba objetos para que los tocara: telas suaves, pequeñas figuras, cosas cotidianas que describíamos juntas. Escuchábamos música y hablábamos de lo que le evocaba.

A veces simplemente le tomaba la mano y nos quedábamos en silencio, compartiendo una compañía que parecía llenar ese vacío que la rodeaba.

Un día, mientras hablábamos, comenzó a llorar. Me dio las gracias. Me dijo que se sentía muy sola.

Que, al no ver, nadie contaba con ella para nada. Que los días pasaban lentos, iguales, sentada en su silla, sin estímulos, sin compañía. Sus palabras me atravesaron de una forma que no esperaba.

Desde entonces, cada día me esperaba.

Preguntaba por mí a mis compañeras si no me veía llegar —o, mejor dicho, si no escuchaba mi voz. Hablaba de mí a sus familiares cuando venían a visitarla.

Yo, sin darme cuenta, me había convertido en una pequeña luz dentro de su rutina. Y ella, para mí, en algo mucho más grande que una residente.

En sus manos frágiles había una ternura inmensa. En su voz, una vida entera. Y en cada “gracias” que me daba, sentía que todo aquello tenía un sentido que iba más allá de aprender técnicas o cumplir horas.

 

Cuando terminó mi estancia, entendí algo que no aparece en ningún manual: que cuidar también es escuchar, tocar, acompañar.

Que a veces no hace falta ver para sentir, ni hacer grandes cosas para cambiar un día. Me fui con la sensación de haber aprendido mucho.

Pero, sobre todo, con la certeza de que, durante un tiempo, pude llenar con un poquito de luz la oscura soledad de alguien que, sin saberlo, también iluminó la mía.