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Palabras para romper tu cárcel

Escrito por
Marta Sánchez | Cuidadora profesional

Te he dicho tantas cosas desde que nos conocemos… Quizás demasiadas. Llenaba tus silencios con mis palabras y mis bromas, buscando siempre que escuchases o sintieses que estábamos ahí, contigo. A veces tendrías ganas de mandarme callar, lo sé; la vida no me dotó con la virtud del silencio.

Hoy, que por fin estás liberada de esa cárcel en la que a veces se convierte nuestro propio cuerpo, he decidido decirte unas últimas palabras. Como no me sale hablarle a la nada, te escribo.

Lo primero que quiero darte es las GRACIAS. Gracias por dejarme cuidarte. Ya me has oído que mi hijo, que tenía unos seis años cuando te conocí, decía en el colegio que su madre «cuidaba señoras». Le resultaba más fácil eso que explicar mi profesión, y yo jamás le corregí. Él sabía que a las «otras señoras» las trataba algún día en semana; pero tenía muy claro que cuidarte, solo te cuidaba a ti. No me importa definir así mi labor. Es más, tú has añadido algo a mi forma de ver mi trabajo. Hay un antes y un después de ti.

Gracias por cada uno de los momentos que vivimos, los más divertidos y los menos. He aprendido mucho en ese pequeño universo que era tu casa y nuestro día a día.

 

El pasado jueves, cuando nos cayó como una bomba la noticia de tu partida, las compañeras y yo nos juntamos un ratito. Recordamos tantas vivencias donde tú, la «jefa», «nuestra señorita», eras la gran protagonista. Recordándote nos sacabas a todas una sonrisa e incluso alguna carcajada. Qué gran equipo de mujeres, con tú tutora a la cabeza, que han estado siempre a la altura; todas a una, sin ellas, cuidarte no habría sido posible. Estoy segura de que ellas también te dirán mil cosas. Ojalá te estén llegando allá donde estés, aunque termines cansada de tanta emoción que intentamos traducir en palabras.

Sé que no habrá respuesta, pero si me oyes… me queda pedirte PERDÓN.

Perdón por moverte tanto. Por levantarte por la mañana de la cama cuando parecías feliz en tu sueño. Por ser estricta con los horarios y los cambios posturales. Por ese sinfín de cuidados que, aunque tienen una base científica, hoy me provocan un poco de desasosiego. No estoy loca —bueno, un poco sí, ya me conoces—; sé perfectamente que hicimos lo correcto y que todo era por tu bien. Era el único modo de mantener tu cuerpo en las mejores condiciones, de imponer un orden desde fuera a lo que se iba desordenando por dentro.

Sin embargo, me queda una espina clavada: el no saber qué nos hubieras dicho tú, qué querías realmente, ¿sentías dolor?, ¿sufrías?.

Creo que mi verdadera pena, la herida real, es que el deterioro se apoderase de ti; que te atrapara en tu propio cuerpo sin permitirte ser dueña de ti misma. Me ponía triste entonces y, ahora que te has ido y tu cuerpo ya no está, duele casi más.

Pero sabes que me intento quedar siempre con lo bueno, es lo más práctico, así que, para contrarrestar esto último, te digo que pienso en estos siete años y me sonríe el corazón.

Espero que descanses al fin de todo sufrimiento. Y que ahora, desde ese lugar donde te encuentres, seas tú quien cuide de nosotros.

Un verdadero placer, de verdad, el habernos cruzado en esta vida…

Hasta siempre.

Tu cuidadora.