Escrito por
Cuidadora profesional | Natalia García
Durante más de 30 años he tenido la oportunidad de dedicarme a una profesión que, con el paso del tiempo, se convirtió mucho más que en un trabajo: ser trabajadora familiar y cuidadora de personas en sus propios domicilios.
Cuando comencé, no podía imaginar todo lo que esta profesión iba a enseñarme. He acompañado a personas mayores, personas dependientes y familias que, en determinados momentos de sus vidas, necesitaban mucho más que una ayuda para las tareas cotidianas. Necesitaban compañía, comprensión, paciencia y, sobre todo, sentirse escuchadas y acompañadas.
A lo largo de estos años he entrado en muchos hogares y he conocido muchas historias. Cada persona me ha dejado un aprendizaje diferente. He compartido conversaciones, preocupaciones, alegrías, momentos difíciles y también despedidas. Porque cuidar significa estar presente tanto en los días buenos como en aquellos en los que todo parece un poco más complicado.
Con el tiempo aprendí que pequeños gestos pueden tener un enorme significado: preparar una comida con cariño, ayudar a levantarse de la cama, acompañar a una persona a una visita médica, escuchar una historia que ya hemos escuchado muchas veces o simplemente sentarse unos minutos a su lado para que no se sienta sola.
Pero si hay un momento que marcó profundamente mi trayectoria profesional y personal fue la llegada de la COVID-19.
De repente, aquello que siempre había formado parte de nuestro trabajo —el contacto humano, el acompañamiento y la cercanía— se convirtió también en un riesgo. Tuvimos miedo. Miedo por las personas a las que cuidábamos, por nuestras propias familias y por no saber qué iba a ocurrir al día siguiente.
Durante aquellos meses tuvimos que aprender a trabajar de una manera completamente diferente. Las mascarillas, los guantes, la desinfección constante y las medidas de protección pasaron a formar parte de nuestra rutina. Entrábamos en los domicilios intentando proteger a las personas más vulnerables, pero también intentando transmitir tranquilidad en un momento lleno de incertidumbre.
Recuerdo especialmente la soledad de muchas personas mayores. Para algunas, nosotros éramos prácticamente el único contacto que tenían con el exterior. Detrás de una mascarilla intentábamos que siguieran viendo nuestros ojos y sintiendo nuestra cercanía. Una sonrisa ya no podía verse, así que aprendimos a transmitirla con la mirada, con la voz y con pequeños gestos.
También vivimos momentos muy duros. Hubo personas que enfermaron, familias que sufrieron pérdidas y situaciones que todavía hoy cuesta recordar. La COVID-19 nos mostró la fragilidad de la vida, pero también la enorme importancia de cuidar y de estar al lado de los demás.
Aquella experiencia hizo que valorara todavía más mi profesión. Ser trabajadora familiar no consiste únicamente en realizar unas tareas determinadas. Es acompañar a una persona en una etapa de su vida en la que puede necesitar apoyo, pero también respeto, afecto y dignidad.
Después de 30 años, puedo decir que he recibido tanto como he dado. Cada persona a la que he cuidado forma parte de mi historia profesional y, de alguna manera, también de mi historia personal.
Hoy, cuando miro atrás, siento orgullo del camino recorrido. Han sido tres décadas de madrugones, esfuerzo, cansancio y dificultades, pero también de cariño, agradecimiento y momentos inolvidables.
La pandemia nos recordó algo que nunca deberíamos olvidar: cuidar a una persona es cuidar su vida, su dignidad y su historia.
Y después de 30 años, sigo creyendo que acompañar, escuchar y cuidar a alguien es una de las formas más bonitas de ayudar a los demás.
