Escrito por
Mª Isabel Martín | Cuidadora familiar
Soy madre y cuidadora de un muchacho hoy en día de treinta y tres años con discapacidad psíquica.
Desde que nació y se le detectó la maldita enfermedad, “Meningitis Tuberculosa” tuve que aprender a vivir de nuevo, a vivir distinto, a moldear mi vida: para sustituir muchas cosas de mi entorno, reiniciar mi cerebro para pensar distinto.
Fueron años de mucha incertidumbre, carreras, medicaciones imposibles de pronunciar, neurólogos, pediatras y otros muchos profesionales de la sanidad, yo en medio de una tormenta de palabras imposible de comprender, dosis que no acababan, toma de medicamentos infinitas, si poder, sin saber, sin entender, con una impotencia absoluta y un dolor inmenso que no dejaba respirar, no dejaba vivir.
Y entonces es aquí donde empieza mi vida como madre cuidadora, de este precioso ángel. Tuve que aprender, si quería ayudar a mi hijo en el camino que se nos presentaba por delante. Estudié a fondo todo lo referente a esta enfermedad, todas aquellas pautas que me servirían para poder afrontar en casa sola a llevar la vida y las limitaciones de mi hijo, a entender a los profesionales cuando me hablaban de palabras que para mí en aquel entonces ni existían, a poder saber que preguntar a los especialistas que atendían a mi hijo. Cada día era un nuevo reto, aprendimos juntos a superar ejercicios físicos, a lograr cada día un poquito de independencia para su vida, con mucha paciencia y constancia.
Aunque se ha encontrado muchas piedras en el camino, las ha superado todas con mucho esfuerzo y entereza, pero también ha tenido que dejar algunas otras de lado y desilusionarse por no llegar a superarlas, de todas ellas ha aprendido, pero nunca se ha rendido. Mil veces se ha caído y mil veces se ha levantado.
Me ha enseñado a no rendirme sin antes intentarlo, me ha enseñado que realmente existen las personas de buen corazón que son capaces de amar incondicionalmente, que el odio y el rencor no es una opción.
Hoy, tiene treinta y tres años y se ha convertido en un hombrecito de lo más dicharachero, con un corazón de oro, con una independencia, supervisada por supuesto, pero SU independencia.
Le tengo que dar las gracias por que juntos hemos crecido y hemos forjado nuestra forma de ser como personas, porque no he sido yo quien le he enseñado a él, sino al revés ha sido el quien a lo largo de los años me ha enseñado a vivir, a crecer y a ser la persona que ahora soy. Sintiendo un gran orgullo de ser su madre y cuidadora.
He luchado durante muchísimos años contra todas las injusticias que me he ido tropezando por el camino, aunque esas injusticias las peleaba por mi hijo, también, siempre consideré que era mi aportación para intentar poner remedio a todas estas situaciones para los demás chicos, adolescentes etc. aunque lo he hecho desde la única compañía de mi poca experiencia en temas sobre esta índole, en leyes, derechos, obligaciones para las personas con discapacidad.
Porque como todos sabemos estas personas no lo tienen fácil en este nuestro mundo, en el que hemos perdido la humanidad, la sinceridad y miramos hacia otro lado. Y quizás estas palabras no llegarán a ningún puerto, pero espero que aquellos que las lean, puedan aportar su granito de arena.
Como cuidadora de otras personas dependientes, puedo decir que lo que he recibido de ellas, no hay dinero en el mundo que pueda pagar: el amor, la ternura, la mirada de unos ojos que en algunos casos sin poder pronunciar palabra te dicen tantas cosas, una caricia que sientes que te traspasa el alma, un beso que te pone los pelos de punta porque te llegan al corazón.
Solo decir que, a lo largo de mi vida me tropezaré con muchas personas en mi camino, algunas formarán parte de nuestra vida, otras no, unas se quedarán y otras se marcharán, pero me siento muy afortunada porque no sé quién desde allí arriba me bendijo con un ángel eterno al que acompañaré y me acompañara hasta el fin de mis días.
Le dedico estas letras a mi hijo, que me hizo mejor persona, me enseño que la humanidad nos define como personas, que cuidar de otras personas es un privilegio y que no existen muros tan grandes que no se puedan saltar. Y darle la enhorabuena por su superación y construir todo lo que él solo ha construido.
