Escrito por
Sandra de Pra | Cuidadora profesional
Hubo una época donde la crianza y los cuidados la ejercían principalmente las mujeres. Unas mujeres, que con su amor incondicional sostenían sus hogares.
Eran refugio, eran organización y planificación.
Eran economistas, haciendo maravillas con el salario que sus maridos llevaban a casa. Eran sanadoras, generosas hasta tal punto, que se dejaban así mismas para dedicarse al cuidado de sus hijos, marido, padres y abuelos…
Mujeres que eran el pilar fundamental de una sociedad en la que se habían vivido guerras, posguerras, exilios, migraciones.
Una época en donde esos hombres que llevaban el sustento a sus casas permanecían fuera por largos periodos de tiempo en los que se perdían gran parte del crecimiento y evolución de su familia.
Hombres y mujeres que durante años lucharon por mejorar sus condiciones laborales a base de duro trabajo y reivindicaciones.
Un día soñé que estas personas que sacrificaron su vida y lucharon por todos los derechos que tenemos ahora, tanto de sanidad, educación, como laborales, estaban cuidados dignamente. Dignamente me refiero a tener en sus últimos años de vida unos cuidados donde no exista la prisa, donde no exista el «ahora no puedo».
Unos cuidados donde prime la atención centrada en la persona, una atención que incluya una higiene adecuada, una comida decente y un trato exquisito, con calma, amor, compasión y mucho cariño.
Un día soñé que estas personas rebosaban paz interior y una sonrisa por sentir, que, por fin, la vida les devolvía un cachito de todo lo que hicieron con el corazón, pensando en el futuro de sus hijos, nietos, biznietos…
Un día soñé que el negocio de las residencias dejaba de ser negocio y cuidaba a sus trabajadoras.
Trabajadoras que con turnos y cuadrantes desorbitados se dejan la piel en una profesión que sin duda es vocacional.
Una profesión que hace una función totalmente holística, haciendo una labor que mezcla seres biopsicoculturales en un espacio donde la diversidad cada vez es más latente. Una profesión que, por desgracia, en la sociedad que vivimos actualmente, no está valorada y mucho menos remunerada como se merece.
Una profesión que, sin darnos cuenta, nos fue mágicamente transmitida desde que habitábamos en el vientre de nuestras abuelas maternas y en el espíritu de lucha de nuestras abuelas paternas, las cuales trabajaron sin descanso para enseñarnos el valor de la compasión.
Un día soñé que esta compasión, hacía que el mundo fuera mejor. Que dejábamos a un lado los números y decidíamos, desde el corazón, que todas estas personas merecen, ya en la última etapa de sus vidas, una estancia tranquila, donde el amor se mezcle con la paciencia, la empatía y la seguridad de que todos sus esfuerzos se ven recompensados.
Un día soñé que los abuelos eran eternos, en cada sonrisa, en cada «buenos días», en cada «cuídate, hija mía», en cada «disfruta de la vida».
Un día soñé…
